My friend’s fanfic – Una Razón 3

Condición: en curso
Género: Romance / Drama
autor: Krimhild K

Capítulo III

Sí, en las praderas de Arras están todas las tonalidades de tus ojos. Todas las variedades de esmeralda que se entremezclaban en tus pupilas según tu estado de ánimo y la hora del día… verdes claros, oscuros, cercanos al azul por la noche y casi color miel a la luz del sol. La tierra me recuerda tus manos, acostumbradas al trabajo duro. El agua del riachuelo es tu voz. Y la brisa eres tú, tu presencia envolviéndome, acompañándome… eres tú, arremolinando pétalos de ciruelo en flor a mi alrededor, aunque estemos a mitad del verano… eres tú, que prometiste que siempre estarías conmigo… Hay rastros de ti en todo este paraje, y mientras permanezca aquí, estaremos unidos… o eso es lo que quiero creer. Porque en realidad no estás, y estas praderas, riachuelos, tierras y brisas son tan vulgares como las que podría encontrar en cualquier parte de Francia, en cualquier sitio del mundo. Es ridículo buscar signos, rastros de ti porque ya no existes. A veces pienso que si no me he suicidado es por no defraudar a Alain. Porque le di mi palabra, por una cuestión de honor… Y es patético que ese sea el único motivo que me mantiene con vida… A veces siento que todo en mí es automático. Tal como respiro, o mi corazón late sin que piense en ello… así me levanto cada día, y mis ojos miran sin ver, y mis oídos escuchan sin oír, y me alimento porque Alain ha amenazado con darme una paliza si no me termino todo lo que me sirve. Y no es que me importe que lo haga, pero sé que no se lo perdonaría y no quiero amargarle más. Por otro lado, cocina mejor que yo. Es un buen chico y tiene bastante tacto. Por eso preferí vivir con él que con Rosalie. A ella la adoro, pero me habría acosado hasta enfermarme de los nervios. Es demasiado sentimental y acabaría llorando más que yo. Y yo consolándola a ella. Qué lindo cuadro sería ese, ¿eh? Y en medio, el pobre y resignado Bernard, ahogándose en un mar de lágrimas ajenas, con un bebé en camino… no… Rosalie ha hecho su vida, debe ocuparse de su familia. Alain, en cambio, es más sensato de lo que parece, o ha madurado mucho desde que le conocimos. Me deja en paz y eso me gusta, sabe cuando hablarme, cuando dejarme sola, cuando ser severo y cuando darme un abrazo. Ha de ser que comprende la intensidad de mi tormento. He descubierto que no me importa que me vea llorar.También he descubierto que sólo tengo dos estados de ánimo: uno en que lloro hasta que la cabeza se me parte de dolor, y otro en que no siento absolutamente nada. Hoy no siento nada. Estoy sentada bajo el manzano, estoy mirando la rama de la que colgábamos cabeza abajo apostando quien resistía más antes de caer… Ayer también estuve en este sitio haciendo recuerdos. Hace más de veinte años, cuando aún creía ser un niño… practicábamos esgrima por horas bajo este árbol, luego nos atiborrábamos con manzanas y yo caía rendida de sueño. Nos dormíamos tirados sobre el pasto de cualquier forma ya veces estábamos allí hasta pasada la medianoche. Cuando me despertaba antes que tú, te veía dormir. En aquel entonces aún era reciente la muerte de tu madre, y de ordinario había un velo de tristeza en tu rostro. Sin embargo, cuando dormías, esa tristeza desaparecía. Decías que era porque soñabas con ella, ya veces también conmigo… y para molestarme decías que yo era más simpático y amable en tus sueños… ¡En fin! Pensar en ello me causó tanto daño que tuve una crisis histérica, Alain me encontró gritando como una loca y tuvo que llevarme en brazos a mi alcoba. Pero hoy estoy aquí, y los mismos recuerdos nada me provocan. Ha de ser que estoy sufriendo más que ayer, tanto, que ni siquiera puedo expresarlo… Creo que estoy viva por un error del destino.

– ¿Pétalos de ciruelo en flor, en esta época del año? Es inusual…

Oscar miró hacia donde escuchó la voz de Alain, sobresaltada por la súbita interrupción de sus pensamientos. Él estaba sentado a dos metros de distancia, abrazándose las piernas y con el mentón apoyado en las rodillas, observándola atentamente.

– ¿Hace cuánto que estás aquí?

– Alrededor de media hora. Como no contestaste cuando te hablé preferí no incomodarte. Espero que no te moleste que te haya… – dijo él, señalando hacia Oscar. Ella se dio cuenta que llevaba un chal de lana que no traía consigo cuando salió de casa. Estaba tan absorta que no notó en qué momento Alain lo había puesto sobre sus hombros.

– No, claro que no me molesta… gracias.

– Deberíamos entrar a la casa. Comienza a refrescar.

Alain se levantó y le ofreció la mano, ayudándola a ponerse de pie. Caminaron a paso cansino por un sendero de piedra que los llevaba hasta la casa.

– Hay algo de lo que quiero conversar contigo – dijo Alain – puede que no sea de mi incumbencia, pero aún así, me parece correcto ponerte sobre aviso.

– Dime.

– Me preocupa la situación de esta heredad. He dedicado bastante tiempo a recorrer los campos y las aldeas, donde me he encontrado con que la gente vive en condiciones paupérrimas. Tal como suponía, los impuestos son exorbitantes. Y según algunos rumores, el administrador está cobrando más de lo que corresponde… ¿no te parece que deberías hacer algo al respecto? Entiendo que estés deprimida, pero debes comenzar a ocuparte de…

– Sí, lo he pensado. Hablaré con el administrador, si sus explicaciones no son satisfactorias le relevaré del cargo.

– Excelente, pero ¿qué facultades te dio tu padre? ¿Puedes removerlo de su cargo?

– No. Pero de todas formas lo pondremos en su lugar.

– ¡Así me gusta, Oscar! Tenemos mucho trabajo que hacer aquí – exclamó Alain con entusiasmo. Pero la sonrisa se le congeló en los labios al ver que Oscar seguía impasible y ausente – Hay algo más… ya van casi tres semanas desde lo de la Bastilla y las noticias han llegado a las zonas rurales. Según he oído, ha habido algunas revueltas en los alrededores…

– No lo sabía, pero me extrañaría si no hubiese sucedido. En cuanto a eso, no integraremos más tributos a las arcas de la Corona, porque dejaremos de cobrarlos. Y devolveremos lo que haya recaudado hasta el momento.

– Vaya, definitivamente no tienes autorización para hacer eso…

– ¿Te parece mal?

– ¿Es una pregunta retórica? ¡Me parece estupendo! Nos meteremos en un tremendo lío – dijo Alain, como si en vez de un lío estuviese hablando de un carnaval.

Al llegar a la entrada de la casa se encontraron con que tres personas les esperaban. Eran monsieur Sugane, su hijo Gilbert, y una jovencita de cabello castaño rojizo y ojos azul piedra, que Alain supuso sería hermana del muchacho a juzgar por su evidente parecido. Oscar se adelantó a saludarles.

– Monsieur Sugane, Gilbert, Léonore… qué agradable sorpresa, ¿qué les trae por aquí? Pequeña, estás preciosa, ya eres toda una mujercita… Alain, ¿conoces a Léonore? Es la hija mayor de monsieur Sugane.

– Mucho gusto, mademoiselle – la saludó Alain con una cortés inclinación de cabeza. La muchacha era bonita, aunque al igual que su hermano algunas pecas cubrían sus mejillas y nariz un poco roma. Pero lo que llamó la atención de Alain era el aire de tristeza de sus ojos y el nerviosismo e incomodidad que denotaba la forma en que desviaba la mirada y se retorcía las manos.

– Igualmente, monsieur – contestó Léonore, esbozando una breve sonrisa.

– Decidme, monsieur Sugane, en qué os puedo servir…

– En realidad, mademoiselle, creo que el asunto es exactamente al revés…

– No os comprendo… – dijo Oscar, al tiempo que abría la puerta de entrada y les invitaba a pasar.

– Oh, no os preocupéis, el asunto es breve, Gilbert y yo vamos a la aldea… monsieur Alaste me contó que buscáis a alguien que os ayude con los con quehaceres de la casa, y bueno, Léonore se ha ofrecido para ello… ¿no es así, pequeña?

– Sí, padre – respondió la chica, mirando tímidamente a Oscar.

¿Qué se ha ofrecido? Cualquiera diría que la traen a la rastra, pareciera que va a echarse a correr en cualquier momento… Ojalá no lo haga, está bastante guapa… no sea que Oscar escoja a alguna vieja gorda y gruñona que no me deje rastrojear en la cocina y me corra a escobazos… ¡Sería muy capaz de hacerlo sólo para fastidiarme!

Oscar sonrió complacida.

– ¡Es una muy buena noticia, Léonore! Estaremos encantados de recibirte.

– No os arrepentiréis, mademoiselle Oscar – intervino Gilbert – mi hermana es una estupenda ama de casa. Además es una cocinera de lujo… y habiendo trabajado una semana con Alain pude darme cuenta de que tenéis problemas con la cocina… – añadió burlonamente, ya que durante el tiempo en que había ayudado a reparar la casa, los almuerzos habían corrido por cuenta de Alain. El aludido le dio una mirada asesina que no pasó inadvertida para Léonore, quien ahogó una risita.

– ¿Qué le parece la propuesta, mademoiselle Oscar?

– ¡Excelente, monsieur Sugane! Léonore, bienvenida a casa…

– Muchas gracias, mademoiselle Oscar.

– Bueno, Gilbert y yo debemos retirarnos, les dejo a mi pequeña, pasaremos por ella por la tarde.

A Oscar también le llamó la atención el nerviosismo y la timidez de Léonore. La última vez que Oscar estuvo en Arras había sido hace unos seis años atrás, y recordaba a Léonore como una adolescente inquieta, parlanchina, alegre y vivaz. Ahora, según los cálculos de Oscar, debía andar por los veintidós años, y su aspecto retraído contrastaba con la idea que Oscar tenía de la muchacha. Incluso Gilbert, que siempre había sido más huraño, parecía más sociable que Léonore.

La muchacha observaba las habitaciones en silencio mientras Oscar le enseñaba la casa. Para ser una vivienda campesina era bastante grande, además de ser sólida. Las ampliaciones que hiciera el padre de André hace alrededor de treinta años aún se conservaban en buen estado. Léonore miraba a Oscar insistentemente mientras ella hablaba, como si quisiera decirle algo, incluso a Oscar le pareció que no ponía demasiada atención a sus palabras.

– Léonore, ¿hay algo que quieras decirme?

Ella no respondió, pero dio una significativa y cohibida mirada a Alain. Oscar comprendió en seguida que se trataba de “cosas de mujeres”, y le hizo un gesto al muchacho, arqueando una ceja e indicándole que saliera. Él se quedó estático, sin comprender. Oscar, a pesar de haber sido criada como un varón, olvidaba que los hombres no suelen tener demasiado tacto ni captar las indirectas. A veces tampoco las directas… y Alain no era la excepción.

Se ve muy graciosa cuando hace ese gesto…

– Alain…

– Dime, Oscar…

– ¿Por qué no vas a… dar una vuelta por ahí?

– ¿Dar una vuelta? Pero ya es tarde, es casi hora de almorzar.

– Puedes comer algunas manzanas en el jardín – dijo ella, repitiendo el gesto.

– Pero no me apetece… – Sí, se ve muy graciosa cuando hace ese gesto, pone una cara tan seria pero es divertido como arquea una sola ceja y luego frunce un poco el ceño y…

– Alain, ¿puedes dejarnos solas un momento? Necesito conversar con Léonore…

– ¿Conversar de qué?

– ¡Alain, sólo vete por un rato, ¿sí?

– ¡Está bien, está bien! Pero qué mal temperamento tienes…

Inesperadamente, la muchacha rompió a llorar.

– ¡Niña! ¿Qué te pasa? – preguntó Oscar, asustada, mientras la abrazaba cariñosamente.

– ¡Estoy desesperada mademoiselle, no sé qué hacer, no tengo a quien recurrir…!

– Calma, calma pequeña, puedes confiar en mí… – dijo Oscar, y por tercera vez le indicó a Alain la salida.

Se ve muy guapa y graciosa cuando hace eso, jejeje… Antes la hacía rabiar a propósito porque es un encanto verla enojada…

– Alain, que te vayas de una vez, ¿eh?

– Muy bien, me voy, ¡bruja! Será tu culpa si muero de hambre… – exclamó Alain antes de dar un portazo.

– Bueno – le dijo Oscar a Léonore – ahora sí, dime cómo puedo ayudarte.

La muchacha se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

– No sé por dónde empezar…

– No te avergüences, sea lo que sea, no te regañaré – dijo Oscar, sonriéndole para inspirarle confianza. De pronto se dio vuelta y… – ¡te he oído, no te quedes detrás de la puerta!

– ¡Demonios!

~.~.~

El corto recorrido entre el nuevo hogar de Oscar y la residencia de monsieur Deville, el administrador, fue bastante silencioso. Oscar estaba sumida en sus recuerdos y tenía la vista perdida en el paisaje, y Alain, aun ofendido por haber sido excluido de su conversación con Léonore, no tenía interés en iniciar plática alguna. De mala gana tiró de las riendas del caballo que guiaba la calesa en que se transportaban.

Tan pronto como Gilbert y su padre pasaron a buscar a Léonore (quien comenzaría a trabajar a partir del día siguiente) Oscar quiso encarar al administrador de su padre. Alain, aun cuando estaba muy molesto con ella, se alegraba de ver cómo sin darse cuenta iba tomando la iniciativa en hacerse cargo de sus asuntos. Para él era un buen síntoma, y al menos, ahora ya no estaba tan preocupado de encontrarla muerta cuando llegara a casa.

Monsieur Deville resultó ser un pillo de marca mayor. De entrada, a Alain le desagradó su aspecto ratonil, de pequeños ojos juntos y enrojecidos por la afición a la bebida, y su prominente panza. Le pareció irritantemente rastrero. Después del susto de muerte que se llevó al encontrarse con la hija del general de Jarjayes preguntándole sin preámbulos por los libros de contabilidad y el estado de la hacienda, intentó por todos los medios hacerla desistir de su afán. Finalmente le echó en cara a la mujer que su padre no le había dado ninguna autorización para pedir esa información, lo cual fue una pésima idea. En dos segundos Alain lo tenía sujeto por el cuello de la camisa y sus pies oscilaban patéticamente a treinta centímetros del suelo. Un rápido vistazo le bastó a Oscar para comprobar que se había apropiado de considerables sumas de dinero al quedarse con parte de los tributos que percibía, y hacer cobros de más. Incluso había vendido parte de las cosechas a su propio nombre, y hostigaba a los campesinos para sacarles el máximo de provecho. Alain pocas veces había visto a Oscar tan encolerizada, y eran incontables las oportunidades en que parecía que en cualquier momento le saldría humo por las orejas del disgusto… pero esto era aún peor.

– ¡Os doy tres días para abandonar la hacienda! – le gritó Oscar al salir – ¡debéis iros con lo puesto, y agradecedme que no os haga encarcelar!

Cuando Alain dio un último vistazo a Deville, antes de echar a andar la calesa, comprendió que Oscar acababa de hacer su primer enemigo en Arras. Esperó que al menos a cambio de este enemigo hiciera amigos dentro de los campesinos. Se volvió a mirar a Oscar. Su ira se había desvanecido, y como era habitual, ya no estaba ahí. Otra vez miraba por la ventana con los ojos vacíos. Su ensimismamiento no era del todo desagradable para Alain, pues le permitía contemplarla a gusto y perderse en los destellos dorados de su cabello a la luz del atardecer, en sus manos de dedos delgados y finos entrecruzados distraídamente sobre su regazo o en las líneas de su cuello esbelto. Con preocupación advirtió que sus mejillas estaban un poco más hundidas y sus clavículas un poco más marcadas. Pese a sus esfuerzos, Oscar seguía perdiendo peso. Espero que esta chica tenga tan buena mano como dice Gilbert… ya no sé que más hacer para que se alimente bien… es muy peligroso que descuide su salud en este momento.

– Y bien, Oscar, ¿me dirás por qué está tan afligida la hermana de Gilbert, o definitivamente son cosas de mujeres?

– Son cosas de mujeres – respondió Oscar, sin apartar la vista del camino – pero como has de enterarte tarde o temprano, es mejor que te lo cuente ahora. La historia es simple, está encinta de un rufián que la abandonó, teme decepcionar a su padre y no cuenta con recursos como para hacerse cargo del bebé. Aún está muy resentida con el padre de su hijo y proyecta su ira contra la criatura. No quiere tenerlo consigo, pero tampoco abortarlo.

– ¿Y qué piensa hacer? – Esa historia se me hace lamentablemente conocida…

– Su idea es quedarse a trabajar con nosotros al menos hasta que nazca el niño y buscar una familia que se haga cargo de él.

– Supongo que aceptaste su propuesta ¿La ayudarás?

– Por el momento le dije que haríamos lo que ella estimara conveniente. Pero no creo que nada sea definitivo, todo es muy reciente y su estado emocional seguramente será muy variable en los meses que vienen… Tenemos tiempo para intentar convencerla de que conserve al bebé… no es… el fin del mundo… y en cierta forma, la considero afortunada…

– ¿Te refieres a…? – dijo Alain, irreflexivamente, pero en seguida se dio cuenta de que su comentario sería poco apropiado y guardó silencio.

– ¿A qué…? – continuó Oscar, clavando en él una mirada penetrante, pero triste, mientras una sonrisa vacía adornaba su rostro.

– Me golpearás por decirlo.

– No lo haré.

– Me refiero a que tu y André… a que a ti no te importaría esperar un hijo de André, aunque tuvieras que criarlo sola, ¿no es así?

– No. Sería una desgracia en mi condición de salud, probablemente ni el niño ni yo sobreviviríamos – respondió ella de forma cortante y seca, y se volvió a concentrar en la observación del paisaje.

~.~.~

– Creo que eso es todo por hoy, Léonore, has trabajado duro para ser tu primer día… puedes quedarte a dormir aquí o volver a tu casa, como te resulte más cómodo – dijo Oscar dejando sobre su escritorio la pluma con que escribía un documento.

– Esta noche volveré a casa, mademoiselle Oscar. Mamá necesita que le ayude a coser unos vestidos que tiene que entregar la próxima semana, contaba conmigo para ello. Pero después de eso me quedaré aquí.

– En ese caso Alain puede ir a dejarte.

– ¡Oh, no es necesario que os molestéis! Es apenas un kilómetro de distancia. Puedo caminar.

– Anochecerá antes de que llegues, y en tu estado debes ser cuidadosa…

– ¿Qué os parece si me facilitáis la calesa? Así volveré en ella mañana temprano.

– Claro, no hay problema. Hasta mañana, Léonore.

– Hasta mañana, mademoiselle Oscar.

Una vez que Léonore se hubo retirado, Oscar volvió a sumirse en la redacción del documento. Alrededor de quince minutos más tarde Alain la interrumpió, preguntándole que hacía.

– Varias cosas. La primera es la destitución de Deville. Asumiré la administración en su remplazo. En segundo lugar, tomo bajo mi responsabilidad la devolución de los impuestos y el cese de su cobro.

– Eso será más complejo…

– Para cómo están los tiempos, Alain, sólo me adelanto a lo inevitable. Y quién sabe que suceda más adelante. Es probable incluso que las tierras de mi familia sean confiscadas.

– Es cierto. ¿Te queda mucho que hacer?

– Mmm… para una media hora más de trabajo.

– ¿Quieres algo de comer?

– No, gracias.

– Perfecto, te prepararé algo entonces – dijo él, maliciosamente.

– ¡Alain! – protestó Oscar sin convicción al verlo salir riendo – ¡Esto no es “Hansel y Gretel”! (1)

– Después de este banquete veré si has engordado lo suficiente como para echarte a la cacerola, Hansel – le oyó decir desde la cocina. Oscar sonrió, divertida. Era la primera vez que sonreía de verdad desde… su fugaz sonrisa se desvaneció al instante y volvió a concentrarse en sus papeles, hasta que al cabo de un rato un aroma dulzón le hizo alzar la mirada. Alain traía una bandeja con dos tazas de humeante chocolate caliente y la depositó sobre el escritorio, frente a Oscar.

– No te obligaré a comer un kilo de mazapán, Hansel, podrías morir de diabetes y así no le sirves a la bruja. Quizá un poco de chocolate caliente te caiga bien…

Chocolate… caliente… Nana me preparaba chocolate caliente desde que tengo uso de razón. André lo llevaba a mi alcoba, o lo servía en el salón. Primero llenaba mi taza y después la suya. Luego se sentaba frente a mí.Sus ojos y su cabello brillaban, a la luz del sol de la mañana, de la luna o de la lumbre de la chimenea… La mayoría de las veces bebíamos en silencio. Yo lo miraba, pero pensaba en Fersen mientras André pensaba en mí. Un ritual repetido incontables veces a lo largo de los años… Y lo peor es que hubo un momento en que él pensaba en mí, y yo lo miraba, pensando en él… en saltarle encima, en abrazarlo y besarlo, en probar de sus labios el dulzor del chocolate que estaba bebiendo, en decirle mil veces “te amo”, hasta que se hartara de escucharme, pero nunca fui capaz… la única barrera entre ambos fue mi cobardía. ¡No puedo pensar en André sin detestarme!

Oscar se puso de pie y de un golpe lazó la bandeja con ambas tazas al suelo. Miró a Alain con verdadero odio.

– ¡Oscar! ¿Qué..? – exclamó él, demasiado sorprendido como para ofenderse por la absurda reacción de su ex comandante.

– ¡Idiota! – le gritó jadeante – ¡No vuelvas a hacer esto nunca más!

– Pero Oscar, ¿hacer qué? ¿Servirte una simple taza de chocolate? Pensé que te gustaba el chocolate, André decía…

– ¡No me importa lo que haya dicho André! ¡Nunca volveré a beber chocolate caliente! – gritó ella y rompió en sollozos, escondiendo el rostro entre los brazos que apoyó sobre el escritorio.

– Comprendo… – dijo Alain, entristecido – Lo lamento, no fue mi intención traerte a la mente recuerdos dolorosos…

Justo entonces ambos escucharon el ruido de caballos al trote, acercándose. Alrededor de quince caballos… ambos se asomaron a la ventana y al cabo de unos segundos vieron luces provenientes de antorchas. Cruzaron una mirada llena de temor; ambos pensaban lo mismo: las revueltas en las haciendas vecinas.

– Quédate adentro – dijo Alain, tomando su espada.

– No. Iremos juntos.

– ¡Que te quedes aquí!

– ¡Los enfrentaremos juntos!

– Son quince a lo menos, no podremos con ellos si vienen a lo que estamos pensando. Yo los distraeré y tú tendrás tiempo de correr al establo y huir a caballo.

– ¿Estás loco? Eso es prácticamente un suicidio.

Alain no contestó, salió resueltamente de la casa y se paró en la puerta de entrada con la espada desenvainada en la mano. Sus sospechas no estaban erradas, todos los hombres cubrían sus rostros.Desmontaron y se aproximaron a unos diez metros de distancia.

– Apártate – dijo el que parecía ser su líder – no nos interesas, hemos venido por la mujer.

– Sobre mi cadáver – respondió Alain.

Oscar temblaba de miedo detrás de él. Usualmente reaccionaba con audacia y arrojo en una situación así, pero esta vez se sentía débil e indefensa y no sabía por qué.

– No seas estúpido, no tenemos nada contra ti, sino contra esa noble.

– ¿Sí? Pues enteraos, mi nombre es Alain de Soissons, y también soy un noble. Podéis partir por mí…

– Tú sí que no tienes sesos, ¿eh? – dijo otro de los sujetos – te hubiéramos dejado libre, pero ya que declaras ser un asqueroso noble, acabaremos contigo también… no queremos más sabandijas bien alimentadas a nuestras costillas en estas tierras.

– ¿Bien alimentadas? – Alain se largó a reír de forma casi siniestra – No sabéis de qué habláis. Tengo un titulo de última categoría, y os aseguro que he pasado más hambre que todos vosotros juntos. No sabéis lo que es pasar hambre en la ciudad, tropa de alimañas. Nada crece entre los adoquines de las calles de París, así que no me habléis a mí de miseria…

Un griterío incomprensible de insultos fue la respuesta. Alain se volvió hacia Oscar.

– Me lanzaré contra ellos y huirás.

– No, Alain… – susurró Oscar. Había visto antes esa mirada resuelta en sus ojos, que indicaba que estaba decidido a llegar hasta las últimas consecuencias. La había visto desde una ventana, cuando el muchacho y otros soldados de su regimiento se habían negado a seguir las órdenes del general Bouille.

” Sólo recibiremos órdenes de nuestra comandante” , le escuchó decir de forma altiva, con esa sonrisa sarcástica que tanto había odiado. Por unos segundos los miró con orgullo, olvidando las tres pistolas que le apuntaban y que se encontraba arrinconada frente al ventanal, con las manos en alto… pero luego su orgullo se trastocó en horror cuando uno de los hombres de Bouille derribó a Alain de un culatazo en el estómago y lo patearon entre cuatro mientras él permanecía en el piso retorciéndose de dolor.

– Ahora, Oscar – dijo Alain, y dando un alarido se lanzó contra los encapuchados.

– ¡Alain! – Oscar, inmóvil de espanto, vio como derribaba a dos hombres tomados por sorpresa, golpeando a uno con el arma y dando una patada en el pecho al otro, pero los demás asaltantes reaccionaron rápidamente.

– ¡Maldita sea, Oscar, corre! – Oscar continuaba como clavada en el piso. Ya lo habían tumbado y lo golpeaban sin misericordia.

” André y Nana han muerto por tu culpa, ¿lo ves? Eres una calamidad. Has arruinado la vida de todos quienes te rodean, incluida la mía.”

Las crueles palabras de su padre emergieron de sus recuerdos. Y corrió. Pero no hacia el establo, sino directo hacia los hombres que golpeaban a Alain. Nadie más moriría por ella. No podía permitirlo. Y si no podía salvar a Alain, prefería morir ahora y no sobrevivir con la pérdida de otra vida en la consciencia.

– ¡Dejadlo en paz! – gritó.

– ¡Maldita loca! – oyó gritar a Alain. Logró esquivar a los sujetos y cayó de bruces sobre Alain. Él con un ágil movimiento la sujetó de la nuca con la mano derecha y con la izquierda empujó a Oscar por un hombro haciéndola girar sobre sí misma hasta caer de espaldas, mientras él la protegía usando su propio cuerpo de escudo y evitaba que la cabeza de la mujer se azotara contra el suelo. Oscar vio una bota aproximarse a gran velocidad, pero el brazo de Alain la desvió de su trayectoria recibiendo el golpe. Le oyó exhalar un bufido de dolor. Le siguieron pateando, pero él logró proteger a Oscar.

– ¡BASTA!

Una voz femenina interrumpió la golpiza. Los atacantes se detuvieron sorprendidos.

– ¿Lé- Léonore? – dijo el líder del grupo.

– Sé quiénes sois… ¿no os avergüenza siquiera un poco atacar entre quince a una mujer indefensa? – dijo la muchacha, temblando de ira – sabed que mademoiselle Oscar no es como el resto de los nobles.

– ¿De qué demonios hablas, chiquilla? – preguntó uno de los hombres.

– Mademoiselle Oscar es generosa y de buenos sentimientos. ¿Qué no recordáis que hace años salvó a mi hermano Gilbert de la muerte llevándolo al hospital?

– ¿Y eso qué? Hemos seguido viviendo en condiciones miserables.

– ¡Imbéciles! Mademoiselle Oscar no cobrará más impuestos y regresará los que se han pagado. Me lo ha dicho esta tarde…

– Eso es verdad – dijo Oscar, sentándose en el suelo y enseñando el documento que había estado escribiendo y que acababa de notar aún conservaba entre sus manos – podéis leerlo aquí, de mi puño y letra…

– ¿Os burláis de nosotros? – le espetó el líder, con rabia, pero también con inseguridad – no sabemos leer.

– Yo… lo lamento – por absurdo que fuera, sintió la necesidad de disculparse, porque su familia había permitido que vivieran de esa forma, no sólo en la miseria material, sino privándoles del conocimiento más mínimo.

– No nos convencéis aún, mujer – dijo otro.

– ¿Vosotros conocíais a André Grandier? – preguntó Alain. Los hombres lo miraron sorprendidos. Algunos asintieron – ¿Sabéis por qué no está aquí? Enteraos, André murió en los disturbios previos a la toma de la Bastilla. Peleó por el pueblo. Al igual que Oscar y yo. ¡Oscar comandó la toma de la Bastilla! ¡Nuestro regimiento disparó sus cañones contra la fortaleza, tarados! ¡Ella perdió lo que más amaba en esta vida por vosotros, por el pueblo y venís aquí a asesinarla! ¡Miserables!

– Preguntadle a mi padre… hablad con monsieur Deville, él les confirmará su destitución – dijo Léonore – Ahora marchaos. No daré vuestros nombres, estoy segura de que mademoiselle Oscar prefiere no saberlos…

Oscar asintió. Los hombres se retiraron cabizbajos, y las dos mujeres ayudaron a Alain a incorporarse ya entrar a la casa.

– Léonore, calienta un poco de sopa, por favor, está en la cacerola. Yo limpiaré sus heridas.

– No te preocupes, Oscar, no es nada grave, sólo algunas contusiones. Me han dejado peor en los bares de París, estos campesinos tienen mano de niñita – intentó bromear.

Oscar buscó una palangana con agua y con un paño húmedo fue limpiando la sangre y el barro del rostro de Alain.

– No tenías que hacerlo…

– Sí… te lo debía.

– ¿De qué hablas? Pudieron haberte matado, ¿te das cuenta?

– Te lo debía – repitió Alain, rehuyendo la mirada de Oscar.

~.~.~

La mezcla de pólvora, humo y tierra suspendida en el aire le hacía escocer los ojos. Respiraba con dificultad y apenas podía ver al compañero que cabalgaba delante. Con el sable en una mano apartaba a los soldados que intentaban cortarles en paso, y hacía acopio de todas sus fuerzas apretando las rodillas contra la montura del caballo para no caer. Pero no era la lucha feroz que daba la Guardia Francesa en su frenética retirada bajo una lluvia de balas lo que tenía a Alain al borde del colapso, con cada uno de sus sentidos alerta. Era André, a quien sujetaba rodeándolo con un brazo. André se sostenía con menos fuerza a cada instante, y la cantidad de sangre que perdía era un muy mal presagio. Alain percibía como el líquido vital se escurría entre sus propios dedos, y en su desesperación forzaba a su caballo hasta el límite. Y a sí mismo, pues la energía que empleaba tanto en repeler los ataques enemigos como en sostener a André era casi sobrehumana. Algunos metros más adelante distinguió a Oscar, batiéndose con fiereza sobre su corcel encabritado. A la luz del atardecer sus cabellos destellaban con tonalidades rojizas que le daban la apariencia de un verdadero demonio. Entonces, Alain supo que nada en este mundo la detendría hasta sacar a André de ese infierno…

– No voy a salir de esta, hermano… – oyó decir a su amigo con apenas un hilo de voz.

– ¡No digas estupideces! Estamos a punto de cruzar las barricadas. Te verá un médico…

– Alain… me estoy muriendo, lo sé…

– ¡Nadie va a morir! ¿Me oyes bien? Nadie morirá… – exclamó Alain, intentando que su voz no expresara lo furioso y aterrado que estaba.

No te engañes, amigo, sé que es mi final. ¡Y no comprendo por qué el destino es tan cruel! ¿Cuántas veces no deseé la muerte, al saberme no correspondido por Oscar? En mi desesperación incluso intenté asesinarla, creyendo que sólo en el más allá, llevándola conmigo contra su voluntad encontraría la felicidad… y ahora que tenemos una vida juntos por delante…

– Necesito que me prometas algo…

– No me vengas con eso, ¡no hables así!

– Alain, prométeme que cuidarás de ella… es experta en ponerse en peligro…

– ¡Ni hablar! Serás tú quien la cuide cuando te repongas… – Las barricadas tras las cuales se parapetaban los habitantes de París, armados de lanzas y palos, se encontraban tan sólo a unos metros de distancia. André escuchó a Oscar ya otros de sus compañeros pedir la ayuda de un médico. Pero sus voces se oían lejanas, distorsionadas. Las extremidades le cosquilleaban. Intentó aferrarse al hombro de Alain cuando él y Oscar lo bajaron del caballo, pero su brazo adormecido no respondió. Sus ojos apenas distinguían luces y sombras, cada vez más grisáceas… le llevaban a algún sitio… cada uno había pasado un brazo de André sobre sus hombros y casi le arrastraban porque él apenas podía tenerse en pie.

¿Qué sucede? Ahora me tienden sobre el suelo… hay una manta bajo mi cabeza… Oscar… Alain… ¿estáis ahí? Alguien presiona mi herida, pero es inútil ¡De nada sirve tratar de detener la hemorragia!

– Tranquilo, amor… ¿Me escuchas, André?

Sí, te escucho. Y por más que intentes serenar el tono de tu voz, sé que estás llorando. Acabo de sentir una lágrima caer sobre mi mejilla. Sé que es una lágrima porque estaba tibia… Acércate, deja que toque tu rostro por última vez…

– Tus ojos… tu nariz… tus labios… – no necesito verlos, los conozco de memoria. Conozco todas tus miradas, todas tus sonrisas… cada línea de tu rostro, cada una de tus expresiones…

– Pero… ¿¡Qué estás diciendo! – gritó Oscar, horrorizada, al comprender… – ¿Que acaso no me ves? ¡No me ves! ¿¡Desde cuándo, André!

¿Desde cuándo? ¡Qué importa ya! No podía dejarte ir sola ¿Me habrías dejado tú, de estar en mi lugar? Por favor, no te enfades ahora, Oscar…

– ¡Desde cuándo, maldito seas! ¡¿Por qué no me lo dijiste, por qué tuviste que venir? ¡Maldito seas, André ¡¿por qué lo hiciste?

Sí, yo, al igual que tú, estaría furioso en tu lugar. Y aterrorizado. Y… y también me gustas cuando te enojas…

– ¡Comandante! – Alain la tomó del brazo, pues temió que al estar completamente fuera de sí, zamarreara a André.

– Déjame, Alain, ¿qué no te das cuenta? ¡André está ciego!

¡Cielo Santo, Oscar, por supuesto que me doy cuenta! Es más, ya lo sabía… Amenacé con decírtelo, pero él insistió e insistió hasta convencerme de que no se separaría de tu lado jamás. Incluso nos peleamos cuando le puse en evidencia delante del regimiento. Me dijo que era una víbora traicionera ya que había prometido guardarle el secreto, pero hacer que se enteraran nuestros compañeros fue la única forma que se me ocurrió para impedir que viniera… Todos lo sabíamos, menos tú. Le estábamos cuidando… ¡Cada uno de nosotros le tenía un ojo encima! Aún así, cuando ese soldado te disparó, no pude reaccionar con la rapidez suficiente.Supongo que la pérdida un sentido se compensa con la agudeza de otro… no sé si habrá oído el chasquido previo al disparo, o simplemente lo presintió… pero se cruzó en el camino de la bala para protegerte sin que yo pudiera evitarlo. Maté a ese hombre. Pero le maté demasiado tarde…

– ¡Oscar! ¡Contrólate! – exclamó Alain, sacudiendo a Oscar por el hombro. Ella lo miró con los ojos desorbitados de horror.

Tengo… sed… una sed espantosa… me ahogo…

– Agua… agua…

– ¿Qué dices, amor? ¿Agua? ¡En seguida te traeré un poco! – Oscar, pasado su ataque de furia, reaccionó con rapidez, se levantó, dejando que Alain sostuviera la cabeza de su esposo, y pidió una cantimplora a uno de sus soldados.

Entonces, esto es morir… el cuerpo va dejando de responder poco a poco… no siento desesperación… me adormezco… los recuerdos de la persona amada, acumulados con el paso del tiempo, sólo nos los arrebata la muerte… pero hasta el último instante llevaré conmigo… tus ojos azules, tu figura grácil, tus rizos de oro ondeando al viento… ondeando al…

– Alain… prométeme…

– No me hagas esto, André… – le interrumpió Alain con la voz quebrada de emoción.

– Por favor… escúchame…

– ¡No quiero tener que prometerte eso! Se supone que debes hacerlo tú… tienes que ser tú…

– Alain, prométeme que cuidarás de Oscar. Ella jamás piensa en su seguridad… mañana… mañana continuarán los enfrentamientos… vigílala de cerca.

– Está bien…

– Júrame que la protegerás. Ella parece ser de hielo pero su corazón es tierno y sensible… no la dejes sola, necesita que la apoyen, ahora más que nunca… ¿Lo juras?

– Sí, hermano, te lo juro…

Oscar ya había vuelto con una cantimplora y se alcanzó a oír el breve diálogo entre Alain y su esposo (¡cómo le gustaba referirse a André de esa forma! Su esposo… aún ahora, en estas terribles circunstancias, sonaba maravillosamente), y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no abrazarse a André sollozando con desesperación. Al mismo tiempo se acercó Bernard, acompañado de dos médicos que se encontraban entre los insurgentes. Sólo les bastó echar un vistazo al herido para comprender que no había nada que hacer. Uno de los médicos se aproximó hasta donde Bernard, Alain y Oscar esperaban su diagnóstico.

– ¿Cómo está André, doctor? – preguntó Bernard, quien fue el único de los tres que pudo sacar la voz. El hombre negó con la cabeza tristemente.

– Es un milagro que aún esté vivo…

Oscar se echó a temblar como un pajarillo y se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un grito. Alain le susurró al oído.

– Debes despedirte… – ella lo miró con expresión desencajada, como si no pudiera creer que su subalterno hablase en serio – al menos tienes la oportunidad de hacerlo…

Oscar se mordió los labios. André estaba muy pálido y respiraba con dificultad. El otro médico, que aún estaba junto a André, lo pasó de sus brazos a los de Oscar y se alejó algunos pasos.

No puedo permitir que me vea así… si ha de morir que sea en paz… ¿Pero cómo controlarme si lo estoy perdiendo? Esto no puede ser real… Es una pesadilla, y en cualquier momento voy a despertar y me encontraré entre sus brazos… ¡Sí! Estará sano y salvo, sentiré el latir de su corazón, su respiración acompasada… estará plácidamente dormido, y cuando despierte, nos iremos de aquí. Nos iremos muy lejos, donde podamos vivir felices y no habrá más deberes, responsabilidades, sacrificios… ¡sólo él y yo…!

– André… aquí estoy, mi vida. Bebe, eso es, bebe de a sorbos pequeños…

El agua refrescó un poco la garganta reseca de André, y recobró algo de lucidez. La suficiente para comprender que sólo le quedaban algunos minutos de vida.

¿Recuerdas cuando Bernard me hirió? ¿Recuerdas lo que te dije? Qué me alegraba que fuera mi ojo y no el tuyo… ahora me alegro que sea mi vida y no la tuya…

Oscar le apartó el cabello, dejando al descubierto el ojo marcado por una cicatriz vertical. Le acarició el rostro suavemente con la punta de los dedos.

– ¿Estás mejor?

– Sí – mintió André.

– Todo saldrá bien, amor – mintió Oscar, y le sonrió olvidando que él ya no podía verla – los enfrentamientos han acabado por hoy…

– Sí, ya no escucho disparos… y las aves vuelven a sus nidos…

Oscar alzo la vista al cielo y vio una bandada de palomas cruzando sobre sus cabezas. No le había prestado atención a sus trinos y al batir de sus alas, pero André las había oído.

– Mañana todo habrá concluido, André. Podremos ir a donde queramos…

– Arras… vamos a Arras. Es mi tierra…

– ¡Claro, claro que sí! Amo Arras tanto como tú… ¿te casarás conmigo en la capilla de la aldea?

– Es lo que siempre he querido, Oscar. Por supuesto que sí. Nos casaremos apenas lleguemos a Arras.

Son sólo sueños Oscar, sueños que no hemos de cumplir… pero finjamos que serán realidad. Al menos quiero imaginar cómo sería el resto de nuestras vidas juntos, hasta que la muerte nos separe en muchos años más pero por un breve lapso, cuando nuestras cabezas estén cubiertas de canas, y nuestro jardín repleto de nietos… ¡Me falta valor para despedirme de ti!

Dios no puede ser tan cruel… no puede llevarte de mi lado ahora, ahora que todo comienza, ahora que todo está resuelto entre tú y yo, ahora que no tengo miedo de amarte… Ahora que estoy decidida a hacerte feliz… ¡Tienes que ser fuerte!

– André… lamento haberte gritado hace un momento…

Él sonrió.

– Te perdonaré si me besas.

Ella se inclinó hasta alcanzar la frente de su esposo con los labios. Estaba fría. No pudo contener las lágrimas que comenzaron a brotar sin control… deslizó la boca temblorosa y besó suavemente el párpado de André, cortado por la cicatriz. ¡Tu ojo, perdido por mi culpa!… Su suave y trémula caricia descendió por la mejilla de André, hasta posar sus labios sobre los de él, rozándolos a penas. ¡Tu vida, perdida por mi culpa!… Y entonces se quebró. Aún apegada a la boca de su esposo, rompió en sollozos casi histéricos.

– ¡No llores, Oscar!

¡No lloraría si pudiera evitarlo! Pero no puedo, no puedo dejarte ir, ¡no voy a renunciar a ti! Tenemos toda una vida por dejante a partir de este momento… ¿Cómo podría resignarme a perderte? Apenas alcancé a decirte palabras dulces, a decir cuánto te amo… ¡Te he besado tan pocas veces! Y esta será la última…

Oscar presionó otra vez sus labios contra los de André, pero esta vez con vehemencia, casi con brusquedad le obligó a abrir los suyos. Él tuvo fuerzas para corresponderle con la misma ansiedad y desesperación, y todo lo que no quisieron decir con palabras, lo dijeron en ese beso. Fue muy distinto a los anteriores que habían compartido. A aquel que se dieran cuando Oscar, torpemente y sin siquiera ser capaz de mirarlo a los ojos, le dijo al fin que le amaba, después de que su padre estuvo a punto de matarla. Había ansiedad, pero era por la llegada de un momento largamente anhelado por ambos. O los de la noche anterior, cargados de pasión, donde también hubo lágrimas, pero de dicha… Esta era una despedida amarga ya destiempo, una manifestación de amor y de dolor que les partía el alma.André permaneció con los ojos cerrados cuando ella apartó sus labios.

– ¡No te duermas! Aun no es hora… por favor, abre los ojos… estoy a tu lado… André… resiste un poco más, quédate conmigo… por lo que más quieras, vive…

– Tú eres lo que más amo en este mundo – dijo él en un murmullo apenas audible, y abrió los ojos. Para él no hacía ninguna diferencia, pero ella se lo había pedido – no voy a morir…

– ¡No me dejes, André! ¡Te amo, te amo desde hace tanto tiempo! No me abandones…

Señor, te lo ruego, danos un poco más de tiempo, sólo un poco más… no puedes quitármelo tan pronto, cuando apenas he comenzado a demostrarle cuánto le amo. ¡Le he hecho tanto daño que debo reparar! Nunca me comporté con él como me lo indicaba mi corazón. ¡No soy fría, no soy insensible! Tengo tanto que entregarle, tengo todo de mí que entregarle…

– No lo haré. Siempre estaré contigo.

Dios mío, no quiero morir, ¿cómo voy a dejarla ahora? ¿Qué no ves que está sufriendo? Por favor… no ahora… ¡no puedes separarnos! ¡Por todos los diablos! ¿Por qué mejor no nos has llevado a los dos?… No, no hagas caso, Señor, ¡qué barbaridad estoy pensando! No, no la traigas conmigo, no he de ser tan egoísta. Ella tiene que vivir. Tiene que ser feliz…

– André… ¿André?… no… ¡NO!… ¡¿André, me estás dejando atrás?

¡La escucho, está gritando! ¿No la oyes, Señor? ¿No te importa que sufra de este modo? Te lo ruego, danos un poco de tiempo… ¡Qué dices, Oscar, nunca te dejaré! Aún estoy aquí, siempre estaré donde tú estés… Oscar… ¿me escuchas?

– ¡Disparad, disparadme! ¡Matadme, disparad, por favor!

¡La veo, está corriendo! ¿A dónde vas, Oscar? ¡No, no cruces las barricadas, del otro lado aún están las tropas reales, detenedla, detenedla! Atrápala, Alain, no la dejes cruzar… Oh… la estoy viendo, eso sólo puede significar que…

– ¡Comandante! ¡Alto, deteneos! – Alain corrió tras ella y la alcanzó por un brazo. Ella se dejó caer al suelo y lo miró hacia arriba.

Lo siento, lo siento, lo siento, Oscar… ¡Él nunca debió venir! No debimos permitírselo… Fui un imbécil por haberlo escuchado. ¡Maldición!… Esto no puede estar pasando… Yo debí haberlo evitado. ¿Qué sentido tiene que él haya dado su vida por ti si tú quedas en este estado? Debí de ser yo. Con gusto habría ofrecido mi vida por la tuya, por la de ambos, y me sentiría afortunado por tener amigos que valgan tanto como para que morir por ellos sea un honor. Yo ya no tengo nada. Vosotros podríais haber sido felices, ¡por más que él estuviese ciego teníais todo por delante!

– Mátame… te lo ruego, o de lo contrario voy… voy a volverme loca…

¡Es injusto! ¡Maldito seas Dios, te odio! ¡Mira lo que le has hecho! ¡ES INJUSTO! ¡Te maldigo mil veces y más! No puedes apartarme de ella, tengo que cuidarla, tengo que consolarla, no puedo irme si ella sufre ¡No llores Oscar, no llores, amor mío, de alguna forma siempre estaré contigo!

~.~.~

– Yo lo sabía…

– ¿Saber qué? – preguntó Oscar, mientras dejaba sobre la cama una bandeja con un plato de sopa. Alain la miró compungido.

– Qué André estaba ciego… ¡lo sabía! Perdóname por no habértelo dicho…

Por un momento, Alain pensó que Oscar lo estrangularía. Un fuego asesino brilló en sus ojos. Apretó los dientes y empuñó las manos, como si estuviera a punto de saltar sobre él y masacrarlo. Alzó un brazo como si fuera a golpearlo en la cara, pero luego de un instante, esos mismos ojos que echaban iracundas chispas azules perdieron toda expresión. Dio media vuelta y salió de la habitación. Ni siquiera se molestó en dar un portazo.

(1) La clásica versión de Hansel y Gretel incluida en una recopilación de cuentos de los hermanos Grimm es del siglo XIX, pero considerando que se trata de un cuento tradicional alemán, es posible que en esa época fuera conocido en Europa.

Capítulo 1Capítulo 2

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