My friend’s fanfic – Una Razón 2

condición: en curso
Género: Romance / Drama
autor: Krimhild K

Capítulo II

– ¿El mobiliario? No vale demasiado. Con eso me doy pagada en tres cuartos de lo que me debes de renta…

Alain refunfuñó por lo bajo, hurgó en sus bolsillos sacando lo que quedaba de su última paga en la extinta Guardia Francesa, y extendió las monedas sobre la mesa del comedor.

– ¿Es suficiente con esto?

La casera contó parsimoniosamente el dinero. Oscar presenció la escena con incomodidad, pero no se atrevió a ofrecerle ayuda económica al muchacho pues sabía que eso le ofendería. De seguro agradecería más si le invito una cerveza por el camino…

– Sí, con esto queda saldada tu deuda.

Una vez que la casera se retiró, Alain observó con detención su viejo apartamento. ¡Qué tristeza y abandono se respiraba allí! En cierta forma era un alivio irse, pero por otro lado le dolía dejar atrás ese espacio lleno de recuerdos felices de su madre y su hermana. Aún le parecía oír el eco de sus palabras, sus risas… y el llanto de su decepción amorosa. Él pensó que se repondría cuando la vio más tranquila, pero no era más que era la calma antes de la tormenta. Sólo la dejó por veinte minutos, y cuando estuvo de regreso, su cuerpo colgaba atado por el cuello a la viga que cruzaba su habitación, vestida de novia… ¿Cómo no lo vio venir? Era obvio… su serenidad después de esos dos días de desesperación no era normal. Finalmente sus ojos se posaron en la maleta de cuero que contenía sus pocas pertenencias, depositada a los pies de Oscar.

– Puedo esperarte en el coche si necesitas unos minutos a solas.

– No, está bien así. Sólo me queda una cosa que recoger.

Alain entró por última vez a la habitación de Dianne, y cogió una vieja muñeca de trapo. Había sido su regalo en el octavo cumpleaños de Dianne. Un mes antes la niña se había quedado pegada al escaparate de una tienda observando una linda muñeca de ojos verdes, cabellos oscuros y vestido lavanda, hasta que la madre tuvo que tirarle de la mano para que siguiera caminando. Dianne no dijo nada, pero Alain supo en seguida que deseaba tenerla… y que por supuesto que su madre no tenía dinero suficiente para comprarla. Ese también era el motivo del silencio de Dianne. A escondidas, Alain hurgó entre los canastos de ropa y telas de su madre (que era modista) hasta reunir todos los materiales necesarios para hacer su propia versión del juguete. Durante cuatro semanas trabajó encerrado en la buhardilla del edificio por las noches. Hizo y rehízo, cosió, descosió, cortó y se pinchó tanto las manos que bien podrían haberse usado de colador. El resultado final, si bien lejos de la perfección, era más que aceptable. El único problema que no pudo resolver fue el cabello, de modo que le ató un pañuelo en la cabeza, y la dejó a los pies de la cama de la niña durante la noche, mientras ella aún dormía.

Al día siguiente, Alain y su madre despertaron al oír un estridente chillido que resultó ser de felicidad.

– ¡Mamá! ¡Qué hermoso regalo me has hecho! – escuchó gritar a su hermana.

– Pero hijita, ¿de qué regalo me hablas? – replicó la madre – te dije que no podría hacerte ninguno este año.

– ¡La muñeca, mamá! Es bella.

– ¿Qué muñeca? – preguntaba la madre, mientras Alain, en pijama, arrastraba los pies hacia la recámara de la que provenían sus voces.

– ¡Ésta! ¿Cuál más iba a ser?

– Dianne, yo no te he regalado esa muñeca…

– Pero entonces… – decía Dianne cuando su hermano atravesaba la puerta. Ambas lo miraron…

– ¡Fuiste tú! – gritaron a la vez. Alain asintió con la cabeza mientras bostezaba y se restregaba un ojo con la mano.

– ¿De dónde obtuviste el dinero para comprarla? – inquirió la madre, alarmada.

– De ninguna parte. No la he comprado. La hice yo mismo…

En dos segundos, Alain tenía a la niña pegada a él como una lapa, rodeándolo con sus delgados bracitos.

– ¡Eres el mejor hermano del mundo!

El problema del cabello fue resuelto por Dianne. Tuvo la brillante idea de cortarse unos mechones, pegarlos a un retazo de género y coserlos a la calva cabeza de quien posteriormente fue bautizada con el nombre de Isabelle.

La única falla del plan fue que Alain, encargado de cortar el cabello de su hermana, lo hizo de la parte superior de su cabeza, de modo que en nuestros tiempos Dianne podría haber pasado por una pequeña punk. A Alain le valió una reprimenda de su madre, y la niña, seis meses usando un sombrerito hasta que el cabello le creciera, pero eso le importó un comino. Cada vez que veía a Isabelle y pensaba que ella y su hermano la habían fabricado juntos, más hermosa era a sus ojos.

Alain estrechó a Isabelle contra su pecho. Oscar no hizo ningún comentario cuando lo vio salir con la muñeca en la mano. Él llevó su equipaje hasta el coche, y se veía bastante mísero cargado junto a los cuatro baúles de Oscar, repletos de ropa, libros, espadas, pistolas y su violín.

El coche se puso en marcha. Oscar reclinó la cabeza contra la ventana, y al cabo de un rato las gotas de sudor que perlaban su frente llamaron la atención de Alain. ¿Qué es esto… es fiebre? No alcanzó a preguntar cuando ella sufrió un violento acceso de tos, una tos seca, que la hizo inclinarse hacia a delante. Alain la socorrió en seguida, y al levantarla descubrió con horror que tenía los labios y la barbilla manchadas de sangre. Le acercó un pañuelo y la ayudó a limpiarse. Ella lo miró y había algo de culpa en sus ojos…

~.~.~

– ¡FUEGO! – gritó Oscar al tiempo que alzaba su sable. Su figura delgada, de pie frente a los cañones que apuntaban a la Bastilla tenía mucho de salvaje y fantasmal. Manchas secas de sangre cubrían su guerrera, su cabello revoloteaba al viento y su rostro estaba tiznado de polvo y hollín. Al son de su voz enronquecida, una decena de cañones disparó contra la fortaleza en perfecta sincronización, causando daños de consideración en su estructura.

Una vez disipadas las nubes de polvo, el sol del mediodía hizo brillar una hilera de relucientes bayonetas que se asomaban desde las estrechas ventanas de la Bastilla. En lugar de retroceder para ponerse a cubierto, Oscar avanzó un paso. Se irguió desafiante y alzó una vez más su sable. Alain lo comprendió en una fracción de segundo, pues la expresión de júbilo casi desquiciada de los ojos de Oscar era una provocación a los defensores de la fortaleza… la vio llevarse la mano libre al pecho, como si dijese disparad, disparad todos aquí…

– ¡FUEGO! – gritó nuevamente, con toda la energía de sus pulmones, tan fuerte que en la garganta le quedó una sensación de desgarro. Pero esta orden no era para sus hombres. Alain vio con horror cómo las bayonetas se inclinaban en dirección a Oscar. No alcanzó a pensar, sólo reaccionó de forma automática saltando por encima de un cañón y lanzándose hacia su comandante. La embistió con violencia y ambos rodaron por el suelo en medio de una lluvia de balas. Oscar, – aturdida por el impacto, la caída y el estruendo de las balas zumbado y estrellándose contra el suelo a su alrededor – en un primer momento creyó haber sido herida, por eso le extrañó la ausencia de dolor. Pero en seguida notó el peso del cuerpo de Alain, desmadejado sobre el suyo en una postura anormal, con la cabeza inclinada hacia el pecho, el rostro contraído y los dientes apretados. En lo que los fusileros de la Bastilla tardaron en recargar sus armas, varios soldados de la Guardia Francesa sacaron a Oscar y Alain de la línea de fuego, llevándolos a un lugar protegido. Oscar, comprendiendo que estaba ilesa, se debatió con fieramente, intentando zafarse para correr hacia la Bastilla buscando la muerte. Entre tres hombres a duras penas pudieron reducirla.

– ¡Soltadme, soltadme! ¡Dejadme ir, hijos de puta! – una retahíla irreproducible de obscenidades aprendida en los cuarteles de la Guardia Francesa emanó de los aristocráticos labios de la mujer, acompañado de patadas, puñetazos y mordiscos dirigidos a sus subordinados.

– ¡CÁLMATE! – le gritó Alain tomándola de una muñeca.

– ¡Quítame las manos de encima, imbécil! – aulló ella, asestándole un golpe en el hombro herido. Alain cayó hacia atrás e instintivamente se llevó la mano al brazo lastimado. Su guerrera se teñía de rojo y respiraba agitadamente, tratando de recuperar el aliento. Oscar dejó de luchar al ver su rictus deformado por un gesto de dolor.

– Alain, Jules, Gerard – les dijo, mirando a cada uno con tal desazón que conmovería a una piedra – … os lo ruego…

– No podemos dejarte ir, Oscar – susurró Alain.

Los ojos de la comandante se rebalsaron de lágrimas.

– No puedo vivir sin él… ¿No lo comprendéis? ¡No puedo!

Alain se acercó con dificultad a ella, tratando de ignorar el intenso dolor de su herida palpitante.

– Sí puedes…

– No sé cómo… no quiero hacerlo… ¡dejadme morir!

– ¿Crees que esto es lo que André querría para ti?

– No… ¡pero me pedís demasiado!

– Te necesitamos, Oscar. Un último esfuerzo…

Oscar volvió a mirarles. Impotencia, compasión, fue lo que tres pares de ojos le devolvieron. A su alrededor se arremolinaba el resto de su tropa y fue repasando uno a uno sus rostros. Sus queridos soldados. Se habían domesticado mutuamente, ellos pasaron de despreciarla a admirarla, y ella, a compartir su causa, a abandonar su posición y luchar codo a codo por lo que creía una sociedad justa. La causa por la que André había decidido luchar. Por la que había muerto. Por la causa y por protegerla a ella. Y Alain, su revoltoso segundo al mando, estuvo a punto de correr la misma suerte… Sabía que debía hacer ese último esfuerzo, pero más que nada en el mundo deseaba no existir.

– Alain, no me hagas esto… no me hagáis esto, todos vosotros… Ya no queda ni un soplo de vida en esta alma… dejadme morir que es lo único que me dará paz…

– Muchachos, dejadme unos minutos con la comandante. No descuidéis vuestras posiciones.

Jules, Gerard y los demás se retiraron silenciosos.

– Oscar, mírame – continuó Alain tomándola de la barbilla con su mano ensangrentada. Ella trató de girar la cabeza, pero él se lo impidió aferrándola con fuerza, mas sin llegar a hacerle daño – mírame… – Ese tono dulce y esa mirada de compasiva y tierna no eran propios de Alain. No, lo que le venía bien eran las pachotadas, el sarcasmo y los ataques de ira acompañados de actos irreflexivos… O más bien dicho, la dulzura ya no le era propia, pues Oscar sólo le había visto mostrar su lado sensible con Dianne. Y ella se había ido para siempre… – Yo te entiendo, sé perfectamente lo que sientes…

– ¡No es lo mismo! – protestó ella.

– Tienes razón en eso – concedió el muchacho – no es lo mismo porque Dianne no era mi mujer, sino mi hermana, pero aún así fue la luz de mis ojos desde la primera vez que la cargué en mis brazos. Una sonrisa suya me componía el ánimo sin importar de qué tan mal talante estuviera. Me hinchaba como un pavo real de orgullo cuando pensaba en que cada día se volvía más guapa, en lo despierta e inteligente que era, en la bondad de su carácter, en su fortaleza y madurez para enfrentar la adversidad y en esa alegría de vivir que ponía en todo lo que hacía… Fue duro comprender que ya no era una niña, y cuando vino al cuartel a anunciarme que se casaba confié en que Dios premiaría a mi ángel con un hombre bueno, digno de ser su esposo y que la haría feliz… Hice tantos planes en torno a ella, Oscar… ya había pensado en los posibles nombres que proponerle para mis sobrinos y me preparaba para controlarme y no mimarlos y malcriarlos en demasía… Por eso te digo que no es lo mismo, pero aún así, sé cómo se siente cuando el dolor es tan profundo que tu cuerpo parece demasiado pequeño para albergarlo, y se escapa por los poros y te rodea y te asfixia pero no te mata, por más que implores que llegue la muerte. Y aunque te llene y abarque todo lo que piensas y lo que sientes, estás inmensamente vacío… Yo me encontraba así, tal como tú estás ahora, cuando llegaste a mi casa y me pediste que continuara viviendo. Y eso hago, Oscar, vivo, esperando algún día encontrarle un sentido a seguir respirando…

– No soy tan fuerte como tú, no soy de hierro como vosotros pensáis. Tú puedes hacer esto mucho mejor que yo, Alain. Toma el mando y guía el asalto final a la Bastilla.

Alain llevó la mano de su brazo herido a la mejilla de Oscar. Ella percibió como temblaba y lamentó que hubiese recibido ese balazo por culpa de su imprudencia. Él se acercó otro poco, tanto que casi rozaba la nariz de Oscar con la suya y el susurro de su voz era perfectamente audible para ella.

– Sabes que te detesté desde la primera vez que te vi. Todos te odiamos y te hicimos la vida imposible pero no logramos doblarte la mano. Tú nos doblegaste a nosotros. Tú, que nada sabías de nuestro mundo por ser aristócrata, y que además eras una mujer batallando con nuestra rudeza de hombres esculpidos por la dureza de la vida… Una rosa en medio de las barracas, bella, delicada, pero con una voluntad de hierro, con una energía titánica y un leal corazón de oro… Por eso, todos nosotros que una vez te odiamos, ahora te respetamos y te admiramos. Sé que me dirás que sin él no eres nada. Él decía lo mismo de ti, pero yo que los he conocido a ambos, creo que eso estáis equivocados. Vosotros erais el uno para el otro, pero cada cual por sí solo siempre fue un ser humano completo y lleno de cualidades. Si pudiste lograr tanto ha sido simplemente porque estaba en ti la capacidad para hacerlo. Sin él te sientes vacía, pero sigues siendo la misma persona y de eso estoy seguro. Yo te tengo fe. André también… Eres la persona más valiente y audaz que he conocido, una gran comandante y una mujer increíble… sé que puedes tomar el mando y que saldremos victoriosos. Y no te pido que lo hagas por mí, o por los muchachos, y ni siquiera que lo hagas porque es lo que él hubiese querido. Hazlo por ti…

¿Cuándo dejaste de ser un crío insolente, petulante e insoportable y te transformaste en un hombre hecho y derecho? ¡Estoy tan orgullosa de ti! Estoy orgullosa de todos vosotros, chicos, pero sobre todo de ti, Alain. Sé que estás más que capacitado para tomar el mando de nuestro regimiento… o lo que queda de él… pero estás en lo cierto, es mi deber terminar lo que emprendimos juntos. No puedo renunciar ahora. Haré mi mejor esfuerzo por vosotros, por André y por mí…

Oscar se puso de pie. Alain se incorporó expectante. Ella le tendió la mano y él la estrechó con firmeza. Cuando sus miradas se encontraron, había en ellas la misma determinación, idéntico fulgor previo a la lucha.

– Somos un equipo, ¿no es cierto? – dijo Oscar, y luego se volvió hacia sus hombres – ¡Preparaos para el asalto!

Ellos respondieron con un ronco y viril grito, levantando sus armas y sables. Alain la detuvo antes de que volviera al frente.

– Oscar… júrame que jamás intentarás quitarte la vida otra vez.

Ella conocía de sobra la tragedia que inspiraba esa súplica. La imagen del cadáver a medio descomponer de la que fuera una bella muchacha era algo que no olvidaría jamás…

– Te lo juro… – respondió, lista para comandar a sus soldados en la que sería su última misión.

~.~.~

¿Te estás muriendo? Por eso me juraste que… ¡Me jugaste sucio, Oscar! ¡La muerte ya me ha rondado demasiado en menos de un año! Mi madre, mi hermana, André y ¿ahora tú? Me hiciste creer que ambos teníamos la oportunidad de empezar de nuevo. De reinventarnos después haber quedado hechos pedazos al haber perdido lo que más amábamos. Creí que vivirías en la casa patronal e impulsarías los cambios con los que hemos soñado en tu hacienda, y yo en las cercanías donde podría trabajar la tierra. Algún día lograrías sanar tus heridas, y yo encontraría una buena chica con la cual formar una linda familia. Te visitaría a menudo, nos iríamos de copas y charlaríamos de la vida, de los tiempos pasados, de los que no están, del presente y del futuro. Un buen día volvería a ver un destello de alegría en tus ojos y eso me haría muy feliz. Y así pasarían los años, pacíficamente, y cuando la muerte viniera a buscarnos diríamos, hey, tuve una buena vida y lo agradezco… Pero al ver cómo me rehúyes en este preciso instante, caigo en cuenta de mi error… Estás realmente enferma, y te has escapado de casa como los gatos agónicos que presienten el final. Se marchan a pasar en soledad sus últimos momentos. Pero tú estás demasiado devastada como enfrentar sola a las Parcas y me has traído para que te haga compañía en el tiempo que te resta, ¿no es así? ¿Cuánto tiempo te queda Oscar? Quizá un par de años, o sólo unos meses… ¿Te das cuenta de cuán cruel es lo que me estás haciendo? No, no creo que estés en condiciones de comprenderlo… y aunque el sufrimiento te haya vuelto tan egoísta como para hacerme esto conscientemente, no voy a dejarte. Pero aún así, me jugaste muy sucio. Podrías haber hablado claro desde un principio, te habría seguido igual. Y ni aún ahora cuando te he visto escupir sangre te atreves a decirme la verdad…

– ¿Qué llevas ahí? – Alain señaló una caja de latón oxidada que ella tenía sobre el regazo.

– Recuerdos – contestó Oscar, y abrió la caja. En su interior había un oso de felpa, una cortapluma de mango rojo y un trompo – Juguetes que André y yo enterramos bajo un árbol.

– Se ven bien conservados.

– Sí, él quería enterrarlos así nada más, pero yo insistí en sellar la caja… “¿Qué tal si queremos abrirla en treinta años más?” le dije… “¿Vas a querer jugar con un oso podrido, una cortapluma oxidada y un trompo a medio comer por las termitas?” Ahora veo que hicimos un buen trabajo, pero de poco me sirve si él no está aquí para comprobarlo…

Alain intentó distraerla de sus deprimentes pensamientos.

– ¿Puedo guardar a Isabelle con tus recuerdos? No luzco muy masculino sosteniendo una muñeca, ya ves, eso arruina por completo mi imagen… ¿Qué dirían mis admiradoras? Sería un bochorno para mí explicarme y una terrible decepción para ellas… ¡Tengo una reputación que cuidar!

Oscar normalmente hubiese al menos esbozado una sonrisa ante ese comentario, pero esta vez permaneció seria. ¿No dirás una palabra? Ya te diste cuenta y no tienes que pasar por esto si te hace daño. Lamento no haber tenido el valor de decirte la verdad… no pensé que esta enfermedad me delataría tan pronto, pero si detienes el coche, te bajas y te largas corriendo, no podría recriminártelo…

– Claro que sí – dijo Oscar, y recibió la muñeca – es muy bonita.

– La hice para ella.

– ¿De verdad? Vaya, nunca lo hubiera imaginado.

– Tengo incontables talentos ocultos, Oscar. Tendrás mucho tiempo para descubrirlos – dijo él con una sonrisa presuntuosa que pretendía ser galante de broma.

– Ya lo creo…

– Ayer vi a Jules y le conté de nuestro viaje. En seguida les ha dicho a todos, y que crees, ¡Los chicos están furiosos! Ya sabes, todos están un poco enamorados de ti… me sorprende que ninguno de ellos me haya asesinado mientras dormía y se presentara en tu puerta ofreciéndose a tomar mi lugar…

– Ajá… por eso me secuestraron e intentaron quemarme el cabello… – acotó ella sin sonreír.

– Oh, eso sólo fue un mal entendido, un acto de machismo del que nos arrepentimos… Todos pensamos que eres muy guapa. Como sea, finalmente concluimos que entre tener al antiguo comandante y a ti, era preferible poder mirar a una chica bonita, aunque en seguida nos diera una paliza…

Ella no contestó. Alain dejó su actitud chancera al ver que no obtenía resultados.

– Es tuberculosis, ¿cierto?

Oscar suspiró con alivio y ansiedad a la vez. Si Alain no la acompañaba, todo sería mucho más duro…

– Sí.

– ¿Qué tan grave…?

– Bastante avanzado ya…

– Entonces le diré al cochero que apure el tranco. Necesitas aire fresco y reposo.

Oscar sonrió al fin.

~.~.~

– Está muerto.

– ¡Muerto! – Alaste y Sugane (1) miraron a Oscar con incredulidad.

– ¡Qué desgracia! Un muchacho tan bueno… Y nosotros que le conocimos desde que iba en pañales, ¿verdad, monsieur Sugane? Un chico realmente encantador: reservado pero alegre, como su madre y con los mismos ojos verdes y curiosos de su padre… Decidme, mademoiselle Oscar ¿cómo ha sucedido? – preguntó monsieur Alaste, dueño de una antigua posada en Arras. Sugane, taciturno y con más tino que el posadero, comprendió que no era un buen momento para ese tipo de preguntas. El cambio operado en Oscar desde su última estadía en Arras (en compañía de André, como siempre) era muy preocupante. Y lo peor no era lo delgada y demacrada que lucía, sino la tristeza y desesperanza que transmitía toda su persona… en su postura, su forma de hablar, en su rostro no había más que marcas de una profunda aflicción. Era como si su único motivo para estar sentada a la mesa sirviéndose la cena fuese que seguía respirando y no podía hacer nada para evitarlo. Además, en los ojos castaños del joven que traía por acompañante se pintó la angustia más viva cuando Alaste preguntó por André, y la miró a hurtadillas como si temiese que de pronto la mujer enloqueciera y se lanzara por la ventana. La prestancia del muchacho también llamó la atención de Sugane, pues la firmeza de sus movimientos y su cabeza siempre erguida sugerían instrucción militar.

– En las revueltas a las afueras del Palacio de las Tullerías – dijo Oscar mientras revolvía su sopa de la que en diez minutos apenas había probado media cucharada.

– ¡En el Palacio de las Tullerías! – repitió Alaste, como si lo que oía fuese un disparate absurdo – ¿Cómo es posible? ¿Se pasó a los insurgentes dando la espalda a vuestra familia? ¡No lo puedo creer! Vosotros siempre estabais juntos… el jamás os habría deja…

– Yo estaba allí también – Oscar tomó una segunda cucharada de sopa – En el mismo bando.

– Oscar comandaba a la Guardia Francesa – intervino Alain – Cuando se nos ordenó reprimir al pueblo y disparar contra él, desobedecimos y nos plegamos a las filas insurgentes. André murió durante los disturbios del 13 de julio.

Oscar miró a Alain, agradecida de que le ahorrara dar explicaciones.

– Oh… ya veo… – dijo Alaste lentamente – ¿y vuestro padre…?

– Monsieur Alaste, estáis acosando a mademoiselle Oscar con tantas preguntas – dijo Sugane – estoy seguro de que preferirá cenar tranquila y retirarse a la casa patronal a descansar. No quiero ser impertinente, pero no tenéis buen aspecto…

– Estáis en lo cierto, monsieur Sugane – respondió Oscar – me encuentro muy agotada… pero respondiendo a vuestra pregunta, monsieur Alaste, mi padre me ha repudiado. Sin embargo me permitió establecerme en Arras.

– La casa patronal se encuentra en condiciones para ser habitada, mademoiselle Oscar – intervino Sugane.

– Perfecto – dijo Oscar.

– Quisiera consultarles si hay alguna vivienda disponible y que yo pudiese arrendar… – preguntó Alain. Alaste y Sugane intercambiaron una mirada significativa.

– Bueno… – dijo Sugane – hay una casa que lleva seis meses deshabitada. Se ha deteriorado durante el invierno cuando se fueron los últimos inquilinos, por lo que habría que hacer algunos arreglos. Si os interesa, mi hijo Gilbert puede ayudaros con las reparaciones. Yo ya estoy muy mayor para esos trotes.

– ¡Gilbert! – exclamó Oscar con súbito entusiasmo – Ya ha de ser todo un hombrecito, ¿no es así, monsieur Sugane?

– Diecisiete años recién cumplidos – respondió el padre con orgullo – En cuanto a las reparaciones, no han de tardar más de una semana.

– ¡Excelente! Muy pronto podrás comenzar a trabajar, Alain. Dígame, monsieur Sugane, ¿de qué propiedad se trata?

Alaste y Sugane volvieron a mirarse. Alaste fue quien habló.

– Es la casa de los Grandier, mademoiselle Oscar.

Cuando Sugane vio cómo el rostro de Oscar pasaba del entusiasmo a la sorpresa y la pena, sólo fue cosa de sumar dos más dos para comprender el motivo de su depresión.

~.~.~

Durante la semana siguiente a su llegada, Gilbert ayudó a Alain con las reparaciones de la que sería su nuevo hogar. Alain aún no podía retirarse el cabestrillo del brazo, por lo que la colaboración le vino bien. Sólo que hubo un cambio de planes: Oscar no quiso quedarse en la casa patronal. Se obstinó en la idea de ser ella quien habitara el que fuera el hogar de André y enviar a Alain a la casa patronal, lo que a él le pareció ridículo. La discusión subió de tono y terminó a gritos, con ambos furiosos, pero Alain dentro de todo se sintió algo más tranquilo, pues Oscar sufriendo un ataque de ira era mucho más ella misma que Oscar, muda, revolviendo un plato de sopa que a duras penas probaba.

Como Alain aún no estaba repuesto de sus heridas, postergó el inicio de sus labores en el campo por una semana. Durante este tiempo ambos permanecieron solos en la casa, y acordaron que después contratarían a alguna muchacha que ayudara a Oscar con sus quehaceres. Ella aceptó a regañadientes, pues no deseaba que nadie le sirviera, pero finalmente hubo de ceder ante el irrefutable argumento de que su enfermedad no le permitía desenvolverse con normalidad. Eso añadido a que era una cocinera horrible y hasta Alain tenía mejor mano a la hora de preparar la cena. A ninguno le hacía gracia servirse todos los días una masa pegajosa y medio chamuscada de “algo”.

Durante la mañana del primer día, Alain se despertó temprano y preparó el desayuno. Oscar comenzó a revolver su pocillo de leche con avena y miel, en una absurda maniobra distractiva con la que pretendía que Alain no notara que no estaba comiendo. Pero obviamente él se dio cuenta de inmediato y las consecuencias de su falta de paciencia no se hicieron esperar.

– No voy a moverme de aquí hasta que acabes tu desayuno – dijo mirándola con severidad.

– Agradezco que te hayas esforzado en prepararlo, pero no tengo hambre.

– Estoy aquí para protegerte, y eso incluye hacerte comer. De modo que si no quieres que tengamos problemas, sería conveniente que te acabaras ese plato ya.

– No se trata de eso – respondió Oscar dejando la cuchara a un lado – La comida no me pasa… no puedo comer. Tengo un nudo en la garganta, si trago sé que lo devolveré.

Alain se levantó de la mesa, tomó la cuchara de Oscar, con la mano de su brazo herido, y con la otra aferró con firmeza la cabeza de la mujer. Luego, como si se tratara de una niña mañosa, le obligó a abrir la boca y a tragar una cucharada. Ella se ahogó, escupió, tosió y lo abofeteó. Él se sobó sonriendo.

– Vaya, vaya… no pensé ser tan mal cocinero como para que escupas mi comida. Como sea, no creo que esto haya quedado peor que la mazamorra que comíamos en el regimiento… pero ¡oh! Olvido que eso era de lo que se alimentaba la plebe, a la gente como tú le preparaban algo más exclusivo… Seguramente esto sabe peor para tu fino paladar que para el resto de los mortales, y de más está decir que por esta zona muchos agradecerían un plato de avena con leche para desayunar.

Ella, entre ofendida y avergonzada, tomó asiento y comenzó a cucharear el pocillo. Alain se sorprendió de lo predecible que su ex comandante podía ser. O quizás, no se había dado cuenta de que la conocía bastante bien.

~.~.~

Ya ha pasado una semana. Oscar no hablaba más de lo necesario, y eso exasperaba a Alain, pero lo disimulaba dentro de lo que le permitían sus habilidades histriónicas (no muy desarrolladas, por lo demás). No quería sobre exigirla y creía que se había excedido un poco con la escena que le montó durante el primer desayuno. Su apatía, después de todo, era normal. También se dedicó a recorrer la heredad, y la belleza del paraje le fascinó. Podría vivir el resto de su vida en ese hermoso lugar. Recorrió trigales, viñas, bosques, prados y pantanos a caballo y nació en él un entusiasmo que a veces contrastaba de forma demasiado violenta con el silencio y el rostro siempre serio de Oscar. Mientras vagaba sin rumbo, creyó comprender que el carácter sereno, silencioso, dulce y amable de André en algo debía estar influenciado por la quietud de las tierras en que pasó sus primeros años.

Una tarde en que regresaba de sus paseos, Alain entró en pánico cuando revisó el último rincón de la casa y no encontró rastros de Oscar. Se quedó paralizado en la puerta de entrada, pensando en mil y una formas en que se pudiera haber quitado la vida. Quizás se había lanzado al río. O pudo alejarse hacia el bosquecillo, o hacia las viñas pistola en mano… o… demonios… ¡El granero! Casi podía ver sus pies meciéndose macabramente ante él. Corrió tan rápido como pudo, empujó la puerta de un manotazo y entró… Pero Oscar no colgaba de la viga. Estaba ovillada en un rincón. Empuñaba algo en una mano y lloraba, lloraba tan desgarradamente como Alain jamás había visto llorar a nadie.

El muchacho la tomó entre sus brazos y la acunó como a un bebé. Ella respondió abrazándose a él con toda su fuerza, y gimiendo con más angustia. Alain se dio cuenta de que en toda esa semana no la había visto llorar (ni tampoco la había oído por las noches, pues Alain tenía el sueño muy ligero y un llanto en la habitación del frente lo habría despertado). Sus ojos hasta ahora siempre habían estado secos. Era evidente que se había estado conteniendo y algo había desatado al fin toda su pena. Con cuidado le abrió la mano empuñada, y pudo ver qué era lo que aferraba con tanto empeño. Dos caballitos tallados toscamente en madera, uno blanco y otro negro.

– ¡Quien sabe cuántos años llevaban aquí! – exclamó ella – décadas olvidados en un rincón… – Alain los examinó con más detalle y descubrió en cada uno de ellos, las iniciales de su mejor amigo – Le gustaban tanto los caballos… cuando llegó a la mansión se pasaba horas con ellos en los establos. Solía dormir sobre el heno para estar cerca de ellos. Los atendía con mucho cariño y ellos le aceptaron en seguida… algunas veces también se escabullía de mí… en una ocasión le oí contarles que prefería estar con ellos antes que a conmigo, porque yo era un mocoso chiflado e insoportable que no sabía tener la bocaza cerrada y no hacía más que meterle en líos… Era tan dulce y callado que me exasperaba, y me tomó bastante tiempo comprender la delicadeza de sus sentimientos… ¡Y me tomó toda la vida comprender cuánto le amaba! Incluso cuando ya lo sabía no me atreví a reconocerlo… ¡fui una estúpida!

– Oscar, no te tortures así, no vale la pena…

– ¡Es la verdad! Estaba tan acostumbrada a tenerle a mi lado que creí que nunca se iría. Por eso ni siquiera cuando estuve segura de lo que sentía por él no tuve el valor de confesárselo… porque inconscientemente pensaba que siempre podría hacerlo más adelante, que tendría tiempo, más tiempo para decidirme… Y cuando al fin lo hice, fue dos semanas antes de que muriese. ¿Te das cuenta? ¡Dos semanas! (2) Dos semanas cuando pudo haber sido meses antes, o años antes si no hubiese estado tan obsesionada con… ¡Dios Santo! Si me hubiese dado cuenta… ahora lo veo tan claro: siempre fuimos el uno para el otro. Si hubiese querido casarme con él, Marie Antoinette habría hecho lo que fuera necesario para aprobar la unión si eso me hubiera hecho feliz. Jamás acepté un solo obsequio de su majestad, y sé de sobra que me hubiera concedido gustosa ese deseo. ¿Qué mejor prueba de su amistad tengo si se ha encargado extraoficialmente de que no se me busque por haber comandado la toma de la Bastilla? Y de no obtener esa autorización, a ninguno le hubiera complicado huir con lo puesto.

– Pero eso ya no sucedió y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. Ya perdiste la oportunidad de vivir con él… quédate con el recuerdo de lo que fue, porque mientras más tardes en aceptarlo, más has de sufrir.

– No se trata de eso, Alain… es cierto que lamento haber desperdiciado la oportunidad de una vida diferente junto a él. Pero lo que mata es la culpa… la culpa de no haberlo hecho feliz teniendo la oportunidad de hacerlo. La culpa de haberle hecho sufrir por despreciar su amor… de haber gastado años de mi vida soñando con un hombre que no me quiso más que como su amiga y que jamás hizo nada que me diera esperanzas de que llegaría amarme de otra forma… un hombre al que realmente nunca amé.

– Oscar, no tienes que decírmelo, sé bien cuánto sufría André por ti. Pero también sé que el sólo hecho de saberse correspondido borró de un plumazo años de aflicción. Con eso le bastaba para que todo lo que padeció hubiese valido la pena…

– ¡No es consuelo suficiente!

– Tendrá que serlo, porque es todo lo que tienes. Por lo pronto, llora todo lo que quieras si te hace falta.

Oscar escondió la cabeza en el pecho de Alain. Él continuó meciéndola y acariciando suavemente sus hombros que se estremecían por el llanto. Hizo un gran esfuerzo por no echarse a llorar él también, pues la situación le tenía los nervios destrozados… ver a Oscar sufrir así le partía el alma. Saber que lloraba por quien fuera su mejor amigo, también. Mal que mal, Alain le extrañaba muchísimo. Además, abrazar a Oscar tan quebrada por el dolor era demasiado similar a abrazar a Dianne, destrozada por el abandono de un hombre que jugó con ella y la deshonró. Le hacía falta su pequeño ángel. Y su madre. Y sus compañeros caídos en batalla. Y la sonrisa y el brillo de los ojos de Oscar… no se dio cuenta cuando sus propias lágrimas se mezclaron con las de Oscar, cuya mejilla tenía pegada a la suya…

– ¿Te has fijado, Alain, que las praderas de Arras son exactamente del mismo color de los ojos de André…?

Alice in Chains – Black gives way to blue

I don’t wanna feel no more

It’s easier to keep falling

AImitations are pale

Emptiness all

Tomorrow’s haunted by your ghost

Lay down, black gives way to blue

Lay down, I’ll remember you

Fading out by design

Consciously avoiding changes

Curtains drawl now it’s done

Silencing all

Tomorrow’s forcing a goodbye

Lay down, black gives way to blue

Lay down, I’ll remember you

(1) Alaste y Sugane aparecen en el episodio 13 del animé, en que Oscar y André viajan a Arras y salvan la vida del hijo de Sugane, Gilbert, quien se encontraba gravemente enfermo sin que su familia pudiera costear los servicios de un médico.

(2) En el manga Oscar le confiesa su amor a André después de que su padre intenta matarla, a diferencia de lo que ocurre en el animé en que lo hace el día anterior a su muerte. Personalmente prefiero la primera versión, la encuentro más coherente.

Notas: Olvidé mencionar en el primer episodio que para efectos de esta historia, hay una escena del manga que no ocurre; aquella en que Alain besa a Oscar. En el manga nos queda más o menos claro que el también estaba enamorado de Oscar, pero aquí haremos cuenta de que “eso nunca sucedió”.

Una breve comentario sobre “Black gives way to blue” (¡escúchenla, es bellísima!), la canción que escogí para el final de este episodio. Pertenece al último disco de Alice in Chains después de más de una década de silencio y de la muerte de su vocalista, Layne Staley, en 2002. Lo curioso es que Staley murió de sobredosis (en lo que fue prácticamente un suicidio) y si bien siempre fue un chico con muchos problemas (si conocen a la banda sabrán de lo que hablo, si no la conocen, no la recomiendo a quienes no estén de buen ánimo aunque a mí estos muchachos me vuelan la cabeza) lo que lo hundió definitivamente fue la muerte de su novia en 1996. Jamás lo superó, y se aisló del mundo. Incluso le encontraron dos semanas después de su fallecimiento porque se había transformado casi en un ermitaño… Y eso es lo que pretendía hacer Oscar en esta historia. Pero ya veremos que tanto le resulta, jeje.

Capítulo 1Capítulo 3

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