My friend’s fanfic- Una Razón – 1


condición: en curso
Género: Romance / Drama
autor: Krimhild K

Capítulo I

J’ai cherché sur ma peau des souvenirs de toi
Retrouvé l’emprunte de ta bouche et de tes doigts
Froissé ton foulard au parfum d’autre fois
Et tes lettres d’amour sur du papier de soieJ’ai gravé dans mon ame l’emotion de ta voix
Le jour où tu me dis je pars ne me retiens pas
J’en ai passé des nuits à me demander pourquoi
Si la vie ou l’amour ne voulaient plus de moiJ’ai supplié le vent de me prendre dans ses bras
De m’emmener très loin là où tu n’existes pas
J’ai suivi en devant ses pas qui m’ont soufflé sans fin
Pour savoir où tu vas, souviens toi d’où tu viens
C’est tout ce qu’il me reste mais je tiens, au moins je sais
Je sais d’où je viens, je sais d’où je viensJ’ai couru les sentiers
J’ai trebuché cent fois
Traversé les rivières et les désirs trop froids
J’ai porté le fardeau de ceux qui n’ont plus de lois
Dans un jardin d’hiver dont l’image se posait sur moiJ’ai senti ta chaleur et ta force qui va
Toi qui me souris et si beau dans cet éclat
J’ai compris dans mes larmes ce que tu me disais tout bas
Ici, la Terre nous gâche mais mon coeur te voitJ’ai supplié le vent de me prendre dans ses bras
De m’emmener très loin là où tu n’existes pas
J’ai suivis en devant ses pas qui m’ont soufflé sans fin
Pour savoir où tu vas souviens toi d’où tu viens
c’est tout ce qu’il me reste mais je tiens, au moins je sais
Je sais d’où je viens, je sais d’où je viens, je sais d’où je viens[Busqué en mi piel tus recuerdos
Encontré marcas de tu boca y de tus dedos
Encontré tu pañuelo que huele a perfume de otros tiempos
Y tus cartas de amor escritas en papel de seda.Grabé en mi corazón la emoción de tu voz
El día en que dijiste “parto, no me detengas”
Pasé las noches preguntándome por qué
No me quieren ni la vida ni el amor.Le supliqué al viento que me tomara en sus brazos,
Y me llevara muy lejos, donde tú no existes
Seguí tus pasos en un soplo sin fin
Para saber a dónde vas, recuerda de dónde vienes
Eso es todo lo que me queda, pero al menos
Yo sé de dónde vengo, sé de dónde vengo.Corrí por los senderos
Tropecé un centenar de veces
Crucé ríos y fríos desiertos
Llevé la carga de los que tienen más leyes
En un jardín invernal cuya imagen se posaba sobre míSentí tu calor y tu fuerza
En la bella explosión de tu sonrisa
Comprendí entre lágrimas lo que decías por lo bajo
Aquí la tierra nos arruina, pero mi corazón te ama
Le supliqué al viento que me tomara en sus brazos,
Y me llevara muy lejos, donde tú no existes
Seguí tus pasos en un soplo sin fin
Para saber a dónde vas, recuerda de dónde vienes
Eso es todo lo que me queda, pero al menos
Yo sé de dónde vengo, sé de dónde vengo.]

~.~.~

Aún siento la tibieza de tu mano entre las mías, por última vez… tus manos pequeñas, suaves y arrugadas ya no se posarán sobre mi frente buscando signos de fiebre, dándome alivio. Las tomo entre las mías, las llevo a mis mejillas y apoyo la cabeza sobre tu regazo, por última vez. Nana, ¿qué me queda ahora que también tú te has ido? Esta mansión es grotescamente enorme para mi padre y yo, y sin embargo, no hay suficiente espacio para los dos aquí. Dondequiera que vaya, dondequiera que me lleven mis pies inconscientes, vagando por los salones vacíos, siento su odio y su desprecio. Lo siento en su silencio, en la forma en que me ignora y en los monosílabos que me dirige de vez en cuando, en esas ocasiones en que sería ridículo fingir que no estoy presente. Nana, tú sabes cuánto me hiere. Tú sabes que durante muchos años viví tratando de agradarle y de ser el hijo que quería tener, y que sólo lo enfrenté cuando nuestras convicciones resultaron inconciliables… Tú sabes que preferiría sus gritos, sus insultos y sus golpes antes que esta indiferencia… Los sirvientes apenas se atreven a hablarme, y me miran con lástima, como a un animal enfermo y moribundo. Quizás eso soy. Pero por desgracia no estoy lo suficientemente enferma. Tu viejo corazón, débil y cansado, no ha soportado la muerte de André. El mío aún late con violencia, y le maldigo por eso. Qué más quisiera que irme contigo y con él… Nana, ¿qué sentido tiene que yo me quede cuando ustedes que eran mi vida, se han ido? ¿Por qué estoy aquí, si ya estoy muerta, de todos modos? Esa bala que atravesó su pecho también nos ha matado a las dos.

– Mademoiselle Oscar… mademoiselle… ya es hora… despierte, por favor.

– Ah…

Oscar se incorporó penosamente sobre un codo. Tardó unos segundos en enfocar el rostro de Juliette con claridad, y en comprender dónde estaba y por qué se encontraba allí. En cuando cayó en cuenta de que estaba en la que fuera la recámara de André, tendida sobre su lecho, su aturdimiento se trocó de inmediato en angustia.

¿Por qué he de despertar cada día así? ¿Por qué he de soñar contigo cada noche, por qué he de tener esa ilusión que se destruye cuando vuelvo a la realidad? ¡Estás muerto! ¡Muerto!

– Mademoiselle… – repitió la sirvienta, dándole una mirada llena de compasión. Oscar estaba tan delgada y pálida que parecía un espectro. Juliette le quitó de las manos la chaqueta marrón de André, pues Oscar se había dormido abrazándola. Se atrevió a tocar la mejilla de la ex comandante del regimiento B de la Guardia Francesa, sobre la cual se apreciaba la marca de un botón que se había aplastado contra su rostro mientras la desdichada mujer dormía sobre la vieja prenda de ropa – ya está todo listo para el funeral de madame Montblanc.

Oscar se puso de pie con torpeza y no pudo mantener el equilibro. Juliette la sujetó y ambas cayeron sentadas sobre el lecho.

– No habéis probado bocado en tres días, ¿verdad?

Oscar negó con la cabeza.

– No podéis seguir así… os pondréis realmente mala…

– Qué más me da…

– Mademoiselle, me apena tanto veros así… si hay algo que pueda hacer por vos…

– Gracias Juliette, pero nadie puede ayudarme ahora.

La muchacha tomó las manos de su ama entre las suyas, con un poco de inseguridad, buscando una forma de confortarla.

– ¿Y qué haréis ahora? Vuestro padre…

– No lo sé… esperar, supongo.

– Esperar… ¿esperar qué?

– Mi hora. Mientras antes llegue, mejor.

– Oh, Mademoiselle Oscar, ¡lo lamento tanto! – exclamó Juliette. Un escalofrío le recorrió la espalda al oír el tono apagado e indiferente con que Oscar pronunció esas últimas palabras – vos… ¿vos también le amabais? – Oscar se sobresaltó como si le hubiesen dado un latigazo – A André, quiero decir…

– No sé de qué me hablas – respondió secamente.

– Mademoiselle, ¿qué sentido tiene disimular a estas alturas? – dijo Juliette, exasperada por la porfía de Oscar, y por su obstinación en pasarse las horas encerrada en el cuarto de André sin comer – ¡Era tan evidente que él os amaba! Todo el mundo lo sabía. Era vuestra sombra. Por eso, al ver como habéis reaccionado ante su… su muerte… os pregunto si vos le correspondíais… y si se lo dijisteis. Porque si lo supo, estoy segura de que eso le hizo inmensamente feliz…

– Sí, yo también le amaba, y él lo supo. Pero no quiero hablar de eso. Llévame al jardín, por favor. Quiero despedirme de mi Nana.

~.~.~

“Marron Glacé Montblanc. 14 de Julio de 1714 – 16 de Julio de 1789”

Oscar acomodó un ramo de rosas blancas sobre la tumba de Nana. Se entristeció al pensar que habitualmente era la ancianita quien adornaba su alcoba con esas flores. Mirando la lápida, Oscar sentía que no había límite para su sufrimiento. Siempre podía ser más profundo, más desgarrador. Por eso casi no comía, porque la debilidad física y el aturdimiento eran lo único que mantenía el dolor a raya por algún tiempo.

No quería mirar la lápida junto a la de Nana. Cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos, como un niño que se engaña a sí mismo, fingiendo que lo que teme no existe simplemente porque se niega a verlo. Pero Oscar no podía engañarse, porque el recuerdo del hombre que amaba desangrándose entre sus brazos era demasiado real. Horriblemente real. Abrió los ojos y giró la cabeza con lentitud…

“André Grandier. 26 de Agosto de 1754 – 13 de Julio de 1789”
Se mordió los labios hasta que de ellos brotó una gota de sangre, e imaginó que había una tercera tumba, junto a la de André. La suya. ¡Cómo deseaba estar muerta! Entonces una sombra alargada cubrió la lápida.

– ¿Piensas quedarte aquí todo el día?

– ¿Quieres que me marche, padre?

El general de Jarjayes rodeó la tumba de Nana y se detuvo justo detrás de la lápida, frente a Oscar, que aún permanecía hincada con una rosa entre sus manos. Clavó su mirada azul, de hielo, en el rostro casi sin vida de la hija que más amaba.

– ¿Es necesario que te diga que ya no eres mi hija, Oscar? Puedes hacer con tu vida lo que te plazca. A mí me da igual. Para mí estás muerta.

Oscar esbozó una amarguísima sonrisa.

– Es curioso, padre, yo también me considero muerta. Al fin estamos de acuerdo en algo – el viejo general hizo un gesto de desagrado y se retiró algunos pasos. Oscar le llamó antes de que entrara a la mansión – Padre… quería agradecerte que pese a todo me hayas permitido enterrar a André en el jardín…

– No lo he hecho por ti, sino por su abuela – le respondió el hombre con rencor – Ella sirvió a esta familia fielmente durante toda su vida y no puedo culparla por las estupideces que haya hecho el malnacido de su nieto.

Oscar se levantó con mucha más ligereza de la que podía esperarse en su lamentable estado. Todo lo que su padre pudiera decir de ella la entristecía, sumiéndola más y más en la depresión. Pero lo que dijera sobre André la enfurecía. No había peor afrenta para Oscar que una palabra en contra de su compañero.

– ¡Cómo te atreves a llamarle así!

– ¡Y tú, cómo te atreves a defenderlo! Ustedes dos, traidores…

– André no me involucró en esto, si es lo que quieres decir – le interrumpió ella – fue mi decisión.

– Nunca he pensado lo contrario, Oscar. Sé que fuiste tú quien lo arrastró a él. Siempre fue así, desde que erais niños. Tú fuiste su vida, su razón de ser y finalmente su desgracia. A eso lo llevó su absurda devoción por ti, Oscar. André y Nana han muerto por tu culpa, ¿lo ves? Eres una calamidad. Has arruinado la vida de todos quienes te rodean, incluida la mía.

Y diciendo esto se dirigió al interior de la mansión. Oscar no supo que decir, y se dejó caer sobre la tierra recién removida con la cabeza gacha. No tenía fuerzas ni siquiera para seguir llorando. Tampoco para ponerse de pie. Por largos minutos permaneció inmóvil, creyendo que nadie la miraba, pero no estaba sola. Un hombre joven con un brazo en cabestrillo que estaba parado al otro lado del portón de entrada, había seguido atentamente la escena entre ella y su padre. Dudaba si hacer lo que tenía pensado o marcharse sin más. Al ver a Oscar derrumbada sobre la tierra pensó que quizá ella no querría verle. Que su presencia sólo sería un dedo en su llaga. Al fin y al cabo, nada le quedaba por decir… durante el día transcurrido entre la muerte de André y la caída de la Bastilla no la había abandonado un segundo. La apoyó, la animó y hasta la forzó a levantarse y a guiar a sus hombres, completando su última misión al mando del Regimiento B de la Guardia Francesa. También lloraron juntos después de haber depositado el cuerpo sin vida de André en esa pequeña capilla. No, no le quedaba nada por decir. Dio media vuelta para deshacer el camino andado desde su casa vacía en París.

¿Qué podría decirle? ¿Desearle suerte? Sería una burla en el estado en que se encuentra. ¿Qué podría hacer yo por ella? No hay alivio para su pena salvo el paso del tiempo. Sólo el tiempo calmó mi dolor por la muerte de Dianne… No, no fue sólo el tiempo. Fue ella también. Oscar. No trajo una poción mágica para olvidar. No dio un gran sermón que cambiara el odio que sentía por Dios… sólo apareció y me dio a entender que estaría allí cuando la necesitara… su sola presencia, su abrazo tierno y sus lágrimas sinceras fueron un bálsamo, y me ayudaron a emerger del abismo en que estaba sumido, pero… no veo como yo pudiera ser un bálsamo para ella…

El muchacho vaciló un momento y se devolvió hasta el portón de entrada.

– ¡Eh! ¡Comandante! – exclamó agitando su brazo sano.

Oscar se volvió a mirar con la lentitud que ahora le era característica. Fue más por inercia que por curiosidad que dirigió sus pasos hasta la reja de entrada. Parpadeó al sol del mediodía antes de reconocer a quién pertenecía la figura alta y esbelta que le sonreía con evidente nerviosismo. Primero su rostro manifestó sorpresa y casi al instante le devolvió la sonrisa.

Uf, al menos no la he molestado…

– ¡Alain!

– Comandante…

– Ya no soy tu comandante, Alain.

– Bueno, Oscar…

– Pasa, pasa… – Oscar intentó correr el cerrojo del portón, pero era demasiado pesado. Alain le ayudó desde afuera con algo de torpeza, pues tuvo que torcer el brazo para poder alcanzar la manija de hierro. Ella cargó todo el peso de su cuerpo en la manija y al hacerlo rozó la mano de Alain con las suyas. Él se sorprendió de lo frío que resultaba su tacto. La miró de reojo. Estaba lívida y sus pómulos sobresalían más de lo normal. Alain se preguntó qué demonios hacía allí, cuando era evidente que debía estar en cama guardando reposo… la manija finalmente cedió. Ambos se miraron unos instantes sin saber qué hacer, hasta que Alain se decidió a rodearle los hombros con su brazo sano y ella apoyó la cabeza en su pecho.

– ¿Cómo está ese brazo?

– Bien. No ha sido nada, realmente. El hueso está sano. ¿Cómo estás tú?

– Fatal.

– Lo siento tanto, Oscar… pero piensa que él…

– ¡No quiero pensar! – dijo ella con excesiva rudeza, alejándose de Alain. Luego suavizó su tono – por favor… no quiero hablar de él.

– Está bien. Sólo venía a decirte que si necesitas algo, si hay cualquier cosa en que pueda serte útil, siempre puedes contar conmigo. Nunca olvidaré todo lo que has hecho por mí… y si puedo compensarte de alguna forma, daré mi mejor esfuerzo…

– Eso significa mucho para mí, Alain. Gracias.

– Además he venido a decir adiós.

– ¿Adiós?

– Sí, dejaré París para probar suerte en el campo. Quiero ver qué tal se me da la vida de granjero. La verdad es que esta ciudad me deprime y si sigo viviendo solo en esas habitaciones que ya no puedo llamar hogar me volveré loco. Te escribiré cuando me haya establecido.

Oscar le miró apenada.

– Pensé que podría verte más a menudo…

Alain se encogió de hombros.

– Vendré de cuando en cuando a visitarte a ti, a Bernard y a Rosalie.

– En ese caso, te deseo la mejor de las suertes. Quién habría dicho que un día lamentaría tu lejanía, mi insoportable dolor de cabeza…

Alain se sonrojó y se llevó la mano a la nuca, revolviéndose el cabello.

– No puedes negar que te gusta mi estilo para hacerte rabiar…

– ¡Eres un pícaro!

– Es parte de mi encanto – dijo él, doblando las puntas del pañuelo rojo que siempre llevaba al cuello.

Oscar le regaló una mirada afectuosa. ¡Alain le recordaba tantas cosas! Muchas escenas vinieron atropelladamente a su memoria. Se habían enfrentado tantas veces, se habían dicho de todo. Alain la había desafiado hasta hacerla perder los estribos, pero poco a poco y con mucho esfuerzo logró conquistarlo a él y al rebelde Regimiento B. Recordaba los rostros de sus hombres, y el lugar que ocupaban en la formación… y junto a los ojos castaños y altaneros Alain, siempre encontraba la dulce y triste mirada de André…

– Voy a extrañarte…

– Y yo a ti, Oscar. Hasta pronto.

Ella no contestó, pues acababa de tener una idea…

– Alain, ¿ya has pensado dónde establecerte?

– No…

– ¿Conoces Arras? Queda en la provincia de Artois, en Pas-de-Calais.

~.~.~

Si el general de Jarjayes lamentaba la partida de la menor de sus hijas, no lo manifestó en forma alguna. Ni sorpresa, ni pesar, ni alegría. Nada expresó su rostro de piedra cuando ella le presentó a ese muchacho arrogante con el que se marchaba a Arras, y que había servido bajo sus órdenes.

– Ya te he dicho que puedes hacer lo que quieras – fue su único comentario.
Se encerró en su escritorio mientras las criadas preparaban el equipaje de Oscar y lo acomodaban en un carruaje. Ella se deshizo con dificultad de sus abrazos llorosos para despedirse de su padre. Sin embargo, el no reaccionó a los golpes en la puerta, ni se volvió a mirarla cuando entró en la habitación.

– Está todo listo, padre.

– Que tengas buen viaje – respondió el anciano sin apartar la vista de la copa de vino que estaba bebiendo. Oscar observó su cabeza cana. No había notado cuánto había envejecido.

– Adiós, padre.

No hubo respuesta. Oscar, tan terca como su padre, permaneció de pie bajo el marco de la puerta esperando una reacción. Pero lo único que obtuvo después de diez minutos de espera, y de un violento acceso de tos, fue una frase demoledora.

– Vete de una buena vez, Oscar.

~.~.~

– ¿Qué pasa, amor? ¿Te sientes mal? ¿Le sucede algo al bebé?

Bernard corrió hacia su mujer, que miraba por la ventana hacia la calle. Sus manos reposaban sobre su vientre hinchado y sus ojos vertían amargas lágrimas.

– Es Oscar – dijo ella señalando hacia afuera. Bernard la abrazó, apoyando el mentón sobre su hombro – Alain la acompaña… ¡Mira que enferma se ve! Mi querida Oscar…

Ambos salieron a la calle a recibirlos. La indignación de Rosalie al ver que Oscar se había levantado estando tan enferma se triplicó al menos cuando se enteró de sus planes de marcharse a Arras en compañía de Alain.

– ¿Estáis mal de la cabeza? Oscar, por favor… no puedes emprender un viaje en estas condiciones. Podrías morir.

– Morir no es una mala opción… – comentó ella sarcásticamente.

– ¡Cómo puedes decir eso! Si no quieres vivir con tu padre, quédate con nosotros. Yo cuidaré
de ti tal como una vez tú lo hiciste por mí. No te arriesgues de esta forma Oscar.

– No, Rosalie. Quiero dejar París, al igual que Alain. En Arras estaré tranquila y él podrá trabajar en el campo tal como desea. Arras era la tierra de André. Es ahí donde quiero vivir.

– ¡Es una estupidez!

– Rosalie, déjanos ir en paz – intervino Alain – te juro que la cuidaré bien. Ya verás que se repondrá…

– ¿Cuidarla tú? Ni siquiera fuiste capaz de cuidar de tu hermana, que acabó suicidándose. No me sorprendería si Oscar hiciera lo mismo en tus narices…

Alain se puso de pie tan violentamente, que la silla sobre la que estaba sentado cayó al suelo con estrépito. Por un segundo pareció como si fuera a estrangular a Rosalie por la forma asesina en que la miró. Pero Bernard intervino a tiempo.

– ¡Rosalie, cómo pudiste decir algo tan horrible! Dile que lo sientes.

– Lo siento – respondió ella, pero miró a Alain con furia. Él la ignoró.

– Te espero en el coche, Oscar – dijo y salió.

– No había necesidad de ser tan cruel, Rosalie. Además, nunca le haría algo así a Alain.

– Perdóname Oscar, es que me exaspera ver que estás cometiendo una locura. Podría pasarte cualquier cosa… y Alain… bueno, es una buena persona, pero también es un bruto.

– André le pidió a Alain que me protegiera.

– Yo puedo hacerlo mucho mejor…

– No, Rosalie. André se lo pidió, y yo respetaré su voluntad. Ahora anda y dame un abrazo. No quiero irme disgustada contigo…

Rosalie la estrechó con cuidado, pues se veía tan frágil que temió hacerle daño.

– Prométeme que volveremos a vernos.

– Claro que sí. – dijo Oscar, aparentando naturalidad – podréis venir cuando vuestro bebé esté en condiciones de hacer un viaje… Sé que amaréis Arras.

Rosalie temió que Oscar no viviera lo suficiente para conocer a ese bebé, pero guardó silencio.


Notas:

Esta idea se me ocurrió al escuchar la canción que figura en el inicio, aunque la letra no calza exactamente con la situación de Oscar (y la traducción no es de lo más exacta tampoco, pues mis nociones de francés son paupérrimas y prácticamente olvidadas) Es un tema precioso, ojalá se animen a escucharlo.

Como pueden ver, en este fic no aparecerá André, y puede que por eso les resulte menos interesante (Sí, ¡todas le amamos!). Estará centrado principalmente en Alain y Oscar, que en mi opinión es una parejita que saca chispas. El carácter de Alain está tomado más del manga que del animé.

Agradezco comentarios, críticas, sugerencias, etc.

PD: No he abandonado mi otro proyecto, los iré actualizando en paralelo, y éste es mucho más corto por lo que es probable que lo termine primero

Capítulo 2Capítulo 3

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